Van provocando

Después dicen que todo lo cuento. Pero es que la vida me va provocando, por el amor de dios, me va provocando. Hoy he pasado cuarenta minutos plantificada delante de la ventanilla de un organismo público observando cómo la amable señora que me tenía que atender, prefería comentar el fin de semana con su colega de turno mientras disparaban chascarrillos acerca de lo mucho que les ardía en las manos el plástico del café hirviendo que estaban tomando.

Y yo allí, mientras tanto, petrificada, soportando contra todo pronóstico mi volcánica ira y aguantando un vendaval que corría misteriosamente en ese pasillo maldito. No le he increpado porque una tiene mucha clase y más educación, pero me daban ganas de sacar una katana y acabar con su vida y con sus gafas y con su pelo de puntas abiertas. Por el amor del cielo, cuarenta minutos. ¿Es que no me ve? En serio, ¿no me estás viendo? O sea, de repente tengo el don de la invisibilidad y puedo colarme en casa de Tamara Falcó si quiero porque nadie me ve. ¿Es eso?

Pues sí, se ve que es eso. Porque de ahí he ido al taller para cambiar las cuatro ruedas de mi coche y, después de vender a mi padre y a mi hermano y prostituirme siete semanas y media para poder pagar las Pirelli, he estado jugando a ser invisible otra vez con el señor mecánico. Este no solo me ha ninguneado, es que además, me ha sorteado para salir a saludar a dos amigotes que iban empujando un carrito de Mercadona con la compra semanal. “Eh golfos, ¿cuál de los dos es la mujer?”. Y yo al lado, ojiplática. Esperando para ser atendida en su negocio. Por lo visto era más importante hacer la coñita matutina que enchufarme a mí las cuatro ruedas del coche para poder seguir mi mañana de recados hiperproductiva. “Vuelva usted mañana”, me dice. Y se queda tan ancho. “Es que todavía no me han llegado tus neumáticos”.

Ay Larra si levantaras la cabeza. Qué poquito han cambiado algunas cosas.

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