Quiero ser monja (I)

Madre mía. Si es que cuando nos pega por algo… no hay quien nos saque de ahí.

Está claro que repetir, plagiar, copiar, imitar o continuar la fórmula del éxito que observamos en casos ajenos, es más viejo que el sol y toda la vida ha sido así. Cuando vemos que al vecino algo le funciona, tratamos de asemejarnos a él. Bien sea con una dieta, con un remedio casero, con el uso de un producto o con la estrategia que sigue en su carrera laboral. Hasta aquí todos de acuerdo. Si al otro le va bien, trataré yo de seguir sus pasos con el único objetivo de que a mí también me vaya bien.

Ejemplo de este caso de ‘imitación del éxito’ son las cadenas televisivas, que anulan por completo su capacidad de decisión y de crear y se dedican, desde tiempos inmemoriables, a comprar una y otra vez los mismos programas a las productoras. Si bien hubo un tiempo que funcionaban las telenovelas sudamericanas, ahora es el turno de las españolas. Igual que las series de médicos (¿alguien se acuerda del boom de Urgencias, Hospital Central y Anatomía de Grey?), las series policíacas (Policías, CSI, El comisario, Los hombres de Paco) o la telerrealidad: Gran Hermano, Supervivientes, La Granja, Hotel Glam, La Isla de los Famosos… Este fenómeno, que no sólo es cosa de la “caja tonta” (recordemos el auge de la novela eróticofestiva: Cincuenta sombras de Grey, Pídeme lo que quieras…) ha llevado al espectador a tomar una de estas dos actitudes: rechazar al enemigo y alejarse por completo de cualquier moda o bien, unirse al enemigo y, con mayor o menor gana, convertirse en consumidor de alguno de los formatos anteriormente mencionados. Insisto, cuando nos enfrascamos en una cosa, ya no vemos más allá de nuestras narices. 

(Continuará)

 

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