Por su propio peso

Me gustan las señoras. Sí, qué le vamos a hacer. Me gusta observar, en general, y a las señoras en particular. Me encanta aprender de ellas. Me fascina corroborar lo pichona que soy y lo poco que sé de la vida.

La otra mañana iba caminando por la Rambla cuando de repente una mujer hablando por el móvil a gritos me sacó de mis pensamientos. No me supo mal, total, no estaba pensando nada importante, quizá hasta me vino bien aquella sacudida cerebral que me supusieron sus berridos telefónicos. La señora chillona era flaca, tremendamente larga y llevaba un flequillo que casi le hacía de cortina. Le cubría prácticamente la totalidad de sus gafas, enormes e indiscretas, tanto como su tono de voz. Me dio tiempo a ver que llevaba unos anillos del tamaño de un albaricoque y que tenía una barbilla muy puntiaguda y hacia arriba. La mujer le estaba dando lecciones de vida a alguien al otro lado del teléfono, pero como hablaba tan alto, también se las estaba dando a todo aquel que sintonizara su frecuencia a pie de calle. En este caso: yo.

“Oye perdona Purín, en esta vida el corazón tiene que recibir mucho amor, y sobre todo de una misma”. Pam. Su sentencia me dio como un dardo en la diana. Me pregunté si aquella señora de la Rambla se imaginaba cuán acertada estuvo su frase y hasta qué punto me dejo llevar yo por esta clase de señales fortuitas que nos envía el Universo. Posiblemente la respuesta era no. Obvio que la mujer flaca y gritona no era consciente de que su conversación a mí me sirvió como una llamada de atención para que no me olvidara de que nadie va a venir a salvarnos de nosotros mismos. Porque una intenta no descentrarse, una intenta mantenerse en la línea recta… Pero hay momentos en los que la vida es muy puta y te da unas sacudidas que ojo, hay que ver lo que cuesta mantener el equilibrio. Sin embargo, el Universo es sabio y te envía pellizquitos de realidad para que no te desvíes. Porque uno puede pegar muchas veces las partes rotas de un jarrón, y aparentemente el jarrón estará entero. Pero lo cierto es que ese jarrón no se sostendrá en pie y, cuando metas algo con peso, el jarrón se volverá a romper. Porque, como decía la señora, “Purín, no te amargues hija, las cosas caen por su propio peso”.

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