No era la mejor navidad

Sabían que no era la mejor navidad. A su alrededor faltaban muchos, otros no eran bienvenidos y a otros ni se les esperaba. Un tendedero con ropa mojada presidía el salón y gallumbos y toallas de rizo hacían las veces de espumillón y árbol de navidad. Porque claro, en aquella casa poco cuqui y nada suya, era complicado sentirse como en las fotos de Instagram: con sofás blancos, mantas de pelo y alfombras de pompones. Ni siquiera la mesa era la más apetecible del mundo. Lo mismo un vaso de cada manera y el mantel de todos los días, lo mismo “esas tostaditas que han quedao del desayuno” y un poco de queso “pero no te pases que está carísimo”. Esta vez no habría regalos ni sorpresas ni despendoles.
Esta vez solo ellos, en un paso tembloroso hacia la independencia, saltando al vacío apretando fuerte los dientes, las manos y el culo. Esta vez los momentos duros, como el turrón, quedaron aparte, en una parte silenciada y minúscula, junto a la basura de lo orgánico, adonde van las mandarinas, las lechugas y las penas que no queremos.
Y entre todo, ellos, sabían que no era la mejor navidad. Era la mejor navidad.

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