Mis vecinos me quieren mucho

Mi vecino es un señor muy alto, con mucha tripa y un poco rubio. Tendrá unos setenta años y pasa el día con Bruno, un san Bernardo que pesa más que yo y que también es bastante viejo. Los dos van a Mercadona unas cien veces cada mañana, enviados, supongo, por Annie, su mujer (la de mi vecino, no la de Bruno). Annie tiene pinta de estar agotada de las manías de mi vecino, que todo apunta a que no son pocas, y Annie les manda a paseo a menudo para que el hombre se despeje y le pegue el aire.

Yo le veo sentado en el balcón muchas veces, ora fumando un cigarrillo negro, ora charlando con su hijo, Mauri, un cuarentón camarero que peina sus primeras canas y que siempre va vestido de negro. Mis vecinos son todos cocineros y su casa siempre huele a pimientito, arroz y salsas. Y no es por presumir, pero me quieren demasiado. Digo ‘demasiado’ porque ya lo dice mi madre, que soy ‘una desapegada’ y que no me gusta que me hablen y que me hagan preguntas. Mira, no. No me gusta. Pero qué le voy a hacer si yo a mis vecinos les tengo en el bote. Quieren que les cuente mi vida, obra y milagros. Sobre todo mi vecino el de los 70 años, el que va siempre con sombrero y sonríe nada más verme por el pasillo. Me enseña todos sus dientes, amarillos y separados como los de un delfín y frena sus pasos para cazarme en el ascensor. Son colombianos y a mí me gusta oírles de vez en cuando porque son primos hermanos de Pablo Escobar y Juan Peña y yo que soy un poco retarded en cuanto llevo hablando con ellos diez segundos ya se me ha pegado el acento y acabo preguntándole: “qué hubo mi rey”. Y ‘mi rey’, mientras pasea a Bruno, me dice que “qué pasó niñita linda, se ve usted muy hermosa hoy en la mañana”. Yo me río por dentro de ser tan absurda, pero es que me trasporta a Medellín con solo un suspiro.

Mis vecinos narcos no trafican con coca, sino con café. Qué manía. Lo que más les gusta es hablarme del café tan bueno que tienen. Sienten un orgullo inexplicable similar al que siento yo cuando hablo de la paella de mi madre. Secretamente  yo pienso para mis adentros que lo que más desean es que me pase una tarde a su casa y charle con ellos largo y tendido. Qué más pues. No digan maricadas. . Charla. O plomo.

TwitterFacebookInstagramYouTube @soylaForte

Related article
leave your comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *