Mi abuela Melu

No sé cómo todavía no había escrito sobre ella. Dicen que las familias tienen una conciencia común, una intimidad que no es la suma de muchas, sino una única. Dicen también que yo soy clavaíta a mi abuela Melu, la de Cádiz, la que tenía el pelo muy negro y los ojos muy redondos y unas caderas un tanto sobresalientes. Mi abuela Melu murió cuando yo tenía siete años y todavía hoy sueño con ella. Dicen que somos una. Que mi melena larga es igual que la suya y el pico del pelo que nace en la frente ella lo tenía igual. La recuerdo a la perfección. Veo sus mofletes redondos, sus dientes torcidos y el Bitter Kas que se pedía con las amigas en el bar que estaba al lado del chalet. Por aquella época se estilaba el ‘flequillo palmera’ y ella lo llevaba hecho con cepillo de rulo y buena cosa de laca. Qué guapa era, joder. Su acento de Cádiz había mutado en ‘algo raro’ porque llevaba toda su vida en Valencia. Pero aún así, recuerdo que ‘ozú’ y ‘manteca colorá’ eran palabras bastante comunes en mi familia. Mucha gente le preguntaba ‘por qué Melu’. Y ella siempre contaba la misma historia de la misma manera: “En Cádiz es que a ‘las Cármenes’ nos llaman Carmeluchi, Meluchi, Melu…”.

Si cierro los ojos veo sus manos y sus cejas que parecían dos comitas porque casi no tenían pelos. Pasábamos muchas horas juntas y por la tarde algunos sábados ella me ponía Cine de Barrio y yo me sabía todas las de Paco Martínez Soria y Marisol y Gracita Morales. Me acuerdo sobre todo de dos episodios críticos que viví con ella. Uno cuando fui a enchufar un flexo bajo mi propia cuenta y riesgo y de repente el enchufe explotó y me quemé la mano derecha. Qué horror. Me llevaron al médico zumbando y mi mano acabó llena de parches. Parecía un bolso de Desigual.

Sin embargo mi abuela Melu era tan artista y tan genia que no podía pasar sin su café mañanero de bar, así que ni corta ni perezosa al día siguiente me bajó a la calle con un cubo de agua fría y cubitos de hielo para que tuviera la mano a remojo. La estampa era simpática. Una niña de seis años cargada con un cubo de agua pegado al pecho, sujetándolo con el brazo izquierdo, y dentro, flotando, sumergida la mano derecha. Un show.

El otro episodio de jefas de la vida fue cuando yo ya me empezaba a vestir sola después de la ducha de la noche. Tiré a ponerme el pijama y, como mi TOC con los olores me acompaña desde que nací, quería ponerme Nenuco para oler bien. Cuál fue mi sorpresa cuando me dediqué a echarme colonia en mis partes nobles y aquello empezó a escocer como si me estuvieran desollando viva. Mi abuela Melu apareció en el cuarto de baño al oír mis gritos y yo estaba llorando con la parte de arriba de mi pijama verde de rizo puesta y la parte de abajo hecha un boñigo a mi lado. El alcohol me estaba abrasando mi pobre entrepierna y mi abuela me metió en la ducha. FIjo que allá donde esté ahora mismo todavía se está riendo de lo ‘atontá’ que estuve. Va por ti.

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4 Comments
  1. “un bolso de desigual” casi me meo encima jajjajjajajaja! buenisima!!
    tu apuntabas maneras eh? con tus cosicas…
    Como me gusta Cai y su gente joé!! en pocos días bajo para allá!!!
    muaaaaaak

  2. Me meo todita!!! Qué geniales las dos!
    Alma, tus historias son adictivas!

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