Menorca

Me fascinan las incongruencias del ser humano. Esos puntos de inflexión en los que una persona sensata flaquea y de repente actúa estúpidamente. De esto venía hablando con mi amiga Ana en el avión de vuelta a Valencia, después de pasar unos días en Menorca. “No hay asiento número 13 -le dije- ¿te has dado cuenta?”. Y así iniciamos nuestro debate. Ella decía que ya ves tú, que un síntoma de la inteligencia del ser humano tan potente como es la construcción de un artefacto que te haga volar por los aires y te transporte de un sitio a otro, y va y el hombre cae en el sinsentido de las supersticiones y no pone asiento número 13 en el avión. “Es curioso, ¿no?”. Pues sí, lo es.

Sin embargo no son pocas las veces que uno observa cuán gilipollas puede ser el hombre y cómo fluctúa entre dos aguas entre la cordura y la locura. En Menorca conocimos otro ejemplo de este fenómeno paranormal. El día que visitamos cala Pregonda, después de caminar “diecinueve días y quinientas noches” para llegar, después de correr un trail de 169 kilómetros, después de hacer un Ironman y sortear caminos de cabras, riscos, peñascos, pedruscos, cuestas, bajaditas y saltar rocas a la pata coja cargados como mulas, después de cruzarnos con patos, vacas y arena roja hasta que llegamos a la -puñetera y maravillosa- cala, observamos que, bajo una improvisada tienda de campaña montada con unos pareos, había una feliz comuna de cuatro hippies de unos 50 años. Tres mujeres y hombre, todos disfrutando de un día de sol tal y como Dios los trajo al mundo, dormitaban, charlaban y leían a partes iguales durante toda la jornada. Allí había neverita, esterillas, guantes de látex (?) y hasta un obligatorio perro (porque no puedes ser hippie si no te acompaña un can allá donde vayas). La sorpresa no fue ver que aquellas personas no habían oído hablar en su vida de la depilación en ninguna de sus variedades. Lo raro habría sido verles sin un pelo de tontos, supongo. Pero entre matorrales -literales y literarios- observamos que oh, sorpresa, incongruencia al canto. Hippies eran, sí, pero con iPhone, ojo. Que uno puede ser muy naturista y muy nudista y muy anarquista, pero fan de Steve Jobs hasta la médula. Que no se diga que la comunidad hippie no ha evolucionado desde mayo del 68 hasta hoy. Entre los cuatro miembros de aquella entidad juntaban más pelo que una familia de osos, cada vez que ellas levantaban el brazo se escuchaba en toda la playa un ‘oooh’ de estupefacción y el hombre paseaba feliz enseñando su badajo a diestro y siniestro, pero, cuidado, si había que hacerse un selfie, no iba a ser con el Nokia 3310 de la serpiente de 1998. Ahí llevaba iPhone hasta el apuntador. Ole.

Nosotros nos convertimos, sin embargo, en espectadores de un sinsentido y actantes de otro, pues éramos privilegiados viajeros gozando de la vida menorquina, pero a la vez que compartíamos arena, mar y sol con unos ricachones que nos miraban desde sus yates, ellos brindaban con Moët y nosotros con sendos bocatas de mortadela y queso envueltos en papel de plata. Y es que los pobres somos así, seres rodeados de situaciones yuxtapuestas, como la norma fascinante que impide subir una botella de whisky al avión si te la traes de tu casa, pero luz verde si la acabas de comprar en el duty free. O el caso de los 100 mililitros de quitaesmalte que no envenenan ni suponen peligro para los viajeros, pero 105 mililitros de loquesea ya suponen el mayor desastre jamás contado. Aquí no hay quien se aclare.

Related article
5 Comments
  1. Sin estas cosas no sería nada ni la mitad de divertido

  2. En los hospitales tampoco hay número 13…será que en las otras plantas no te puede dar un chungo pero en la 13 te da de todo…en fin. Sí, estamos un poco pa allá y no pa acá.
    Yo ví hace 4 años en Córdoba unos “perro flautas” con unas rastas que se podían usar a modo de liana saliendo de un Mercedacos que ni tu ni yo tendremos en la vida ni haciendonos mujeres de la vida (como diría mi madre)…no me lo podía de creer..XD.

  3. TODO el mundo tiene un iPhone. Los hippies, los perroflautas, las cajeras del súper, tu mejor amigo… A veces me pregunto si lo regalan con el champú.
    Ah, yo también, por supuesto! No me libro de ser mónguer.

leave your comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *