¿Me perdonas, chocho?

Lo que tienen las rebajas -además de otras muchas cosas- es que pasas largos ratos de espera en la cola del probador, en la cola de la caja o en la cola para entrar, si se trata de Primark, por ejemplo. Una, que ya es una jedi en esto de las rebajas, no suele probarse absolutamente nada estos primeros días de julio, sino que todo lo meto en el bolso y ya me lo miraré con tranquilidad y detalle cuando llegue a mi santa casa. Y es que, ¿cuándo se ha visto que en plena guerra alguien se pruebe con toda su parsimonia unas cuñas veraniegas y una trenca de esquimal? No oiga no, aquí hemos venido a jugar y a dejarse la piel (y la cartera).

El caso es que la otra mañana me encontraba en cierta tienda de cierto señor gallego cuyo nombre rima con ‘rancio’ y, mientras aguardaba mi turno para pagar, presa de la desesperación y la impaciencia, reparé en dos niñas de unos cinco años que se escondían entre los burros y las montañas de rebecas de punto. Las niñas, que llevaban los pies más negros que he visto en mi vida -eso sí, con las uñas pintadas de purpurina perlada-, hablaban a grito pelao y la morena se quejaba de que la rubia le estiraba de las coletas. Ambas vestían mallas fucsia y camisetas de las Frozen, y lucían pendientes con piedras turquesas colgando. Sus madres, dos jovencillas de raza gitana, iban como locas de un lado a otro de la tienda arramblando con absolutamente todas las prendas del local que llevaban bien de lentejuela y brilli brilli. Poco parecían preocuparse por las niñas, que entre tanta mujer eufórica a la caza de la Gran Ganga, tampoco llamaban mucho la atención. Cierto es que por un momento vi peligrar la integridad física de la niña morena, justo en el instante en el que la rubia la acechaba sosteniendo una percha entre sus manos. Pensé que esa rubia se iba a quedar tuerta de un momento a otro. No le sacó un ojo, pero le tiró un maniquí encima y la pobre cría rompió a llorar. “Entre los pies negros y pisoteados, esta niña no da pie con bola”, pensé.

Las madres, entre gritos y aspavientos, se abrieron paso entre las señoras y llegaron donde las fieras se estaban rifando un tortazo. La madre de la morena le instó a su niña a que pidiera disculpas a la otra y la cría, sorprendentemente afable y calmada, sonrió a su amiga y le dijo: ¿me perdonas, chocho? y siguieron tan felices jugando a sacarse los ojos.

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