María (y II)

Rusky se acostumbró a comer exactamente lo mismo, exactamente cada día, exactamente a la misma hora. María lo tenía limpísimo y muy bien cuidado y él se dejaba querer. Llevaba el cascabel del cuello brillante y reluciente y la caja donde hacía sus necesidades estaba impoluta las 24 horas, los 365 días del año.

Rusky iba todo el día entre las faldas de María, cuando no en sus brazos, y comía pienso y jamón York encima de la mesa de la salita porque él era el rey de la casa y si no te gustaba su comportamiento te sacaba las uñas, te arañaba una pierna y aquí paz y después gloria.

Entre María y Rusky se apañaban fenomenal, pero los dos eran bastante hostiles, para qué nos vamos a engañar. María fingía que estaba sordales total. Y digo fingía porque sé que escuchaba lo que le interesaba. Cuando mi abuelo le decía algo, ella se hacía la longuis y miraba para otro lado. Sin embargo cuando yo le llevaba palomitas o papas ella era feliz y se las comía como si fueran delicias de otro planeta.

La pareja artística que durante años formaron María y el Rusky pasó a ser, con el paso del tiempo, un triángulo de amor-odio en el que mi abuelo siempre llevaba las de perder. María no quería abrir las ventanas porque una vez el Rusky, cuando era un gato joven e intrépido, saltó balcón abajo y casi se rompe una pata. Sin embargo mi abuelo, que siempre tiene un cigarrillo Lucky encendido en la comisura de los labios, necesitaba que la casa se ventilara de vez en cuando. Jesús la que liaban entre los tres.

Recuerdo que muchas veces estaban todos buscándose unos a otros en bucle, sin descanso, sin cesar, como si vivieran en un laberinto. María buscaba a Rusky, mi abuelo a María, Rusky se escondía, mi abuelo le encontraba… en fin, un show. Yo veía que en cualquier momento los papeles se cambiaban y mi abuelo era el que saltaba por el balcón y María la que comía pienso encima de la mesa mientras Rusky la peinaba. Poco habría faltado.

El caso es que María un día de tan viejecita que era, se murió. Se murió y seguimos sin saber su edad. Me contaron que se fue dando guerra, naturalmente. Ella era pequeña y poca cosa como un perrillo faldero pero con más carácter que un Doberman y un Pitbull juntos. Se quiso morir en su cama, con sus sábanas de siempre y su camisón de siempre. Con el Rusky en la butaca de al lado acompañándola hasta el final. De hecho, tanto se querían que ese dúo cómico no duró mucho tiempo separado. A los pocos días Rusky decidió que se iba con ella, que aquí nadie le cuidábamos como lo hacía María. Así que ahí deben de estar, al otro lado del cielo, buscándose el uno al otro y dejándose mimar y querer. Que sepáis, Familia, que aunque no os veamos sabemos que seguís haciendo de las vuestras. Un beso muy grande, vuestro hueco sigue intacto.

(Escucha el post completo en mi perfil de Spreaker)

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