Los andares de la Pantoja

“¡Hola bonica! ¿Nos vas a hacer algo esta noche?”. Con este morro y desparpajo me saludaba una señora con cara de simpática como ella sola. Yo me dirigía a la mesa de las bebidas compitiendo con la velocidad de la luz, para que nadie me quitara el sitio estratégico en el que uno tiene que ubicarse cuando asiste a una cena en la que las bandejas de comida van volando por los aires de brazo en brazo. Sin embargo, la señora me distrajo. Perdí el rumbo hacia mi deseada cervecita y empecé a darle vueltas a la vida, en general. Aquella mujer se quedó con ganas de que Almi, o sea, yo, hiciera un poco el gamberro durante la cena e improvisara unas palabras graciosas para amenizar el cotarro. Casualmente, señora, aquí la menda ya no llevaba más tarjetas preparadas con chistes y chascarrillos, pero usted sin saberlo me hizo cavilar, acerca de la presión que una siente cuando tiene que ser imperativamente graciosa 24 horas, siete días a la semana. Qué estrés, pensé. Esto es un sinvivir. ¿Cómo lo hacen los guionistas de Aída?

El caso es que la ensalada de verano me llamaba y me sacó de mis pensamientos absurdos, y, afortunadamente, el resto de la noche ya me dediqué a disfrutar. Fue un gran fin de semana este del Congreso de MOWO. Una experiencia nueva, diferente, donde conocí a frikis de todas las edades, a locos por el blanco y negro, a modernos amantes de la manzana de Steve Jobs y a antisociales dispuestos a socializar y revelar sus identidades personales, sin caretas ni anonimatos instagrameros que valgan. Almi tuvo su primer hijo, y no fue fácil. El parto de una primeriza siempre es complicado y los nervios juegan malas pasadas. Estuve a punto de salir al escenario derrapando con los tacones. Si llego a caerme, juro que me pongo a llorar y echo a correr hasta Valencia si hace falta. Tuve suerte y no pagué la novatada, a pesar de que el micro de Madonna ese que me plantificaron en la oreja estaba totalmente asido a mi cerebro, que digo yo que no sé cómo coño aguantan cuatro horas en directo cada tarde los de Sálvame con el micrófono de diadema, porque yo casi prefiero que me cosan sin anestesia un altavoz colgando de cada sien, antes que volver a ponerme el micro asesino ese. Hice bastantes jaimitadas, esa es la verdad. Casi no se notó porque llevaba a dos guardaespaldas que vienen soportándome desde hace más de diez años, pero vaya, la primera fue al equivocarme de hotel. Qué maravilla llegar a una ciudad que no es la tuya, a punto de vomitar siete veces por el trayecto en coche, y mareada como una peonza, además de nerviosa como si fuera el día de mi boda. Qué maravilla llegar, decía, y de repente verte sin casa, sin hotel, sin habitación, sin nada en la vida. Era una puta homeless. Señora congresista, sí, pero sintecho. Al final encontré mi hotel y salí a brillar al escenario, directa a triunfar, a despertar al personal con mis andares de Isabel Pantoja y a cambiarme ochenta veces de modelito, cual Juncal Rivera en Noche de fiesta. Qué gente más maja y qué bien todo, oiga. He alucinado con la amabilidad del personal, he alucinado con las fotos que es capaz de hacer un ‘cualquiera de a pie’, he alucinado con el café laxante del bufet y he alucinado, sobre todo, con unos ojos azules como dos faros que me han vuelto loca todo el fin de semana.

Ay Ausencio, eso te pasa por no venir a verme. Ojito que lo nuestro peligra.

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4 Comments
  1. Grande en persona, grande por escrito. Que más se puede pedir? Bueno, si. Rezarle a Santa Pantoja para que esos ojos azules te hubieran devuelto la mirada… si es que no lo hicieron. Que lo dudo!
    Un abrazo tan grande como tu!

  2. Qué grande eres Alma, de verdad!
    Para los que no pudimos verte, hay algún enlace donde podamos hacerlo ahora?
    Sigue tan genial y haciéndonos reír mucho tiempo!
    Un besazo

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