Lola’s

Siempre me ha gustado añadir el genitivo sajón a los nombres. Me parece que otorgan una categoría y una calidad indiscutible y que, adoptando una mentalidad cateta y retrógrada, todo suena mucho mejor. Mucho más señorial y distinguido. Y es que no es lo mismo la peluquería de Marga que Marga’s, igual que no es lo mismo ir al bar Juan que al bar Juan’s. El bar de mala muerte de mi colega Juanito simula ser un local de moda decorado por la interiorista más chic y con la música más in cuando le añades el genitivo sajón. Mi hermano y yo llevamos años y años estudiando este fenómeno y estamos convencidos de que la ‘s se puede añadir a cualquier nombre de persona, animal o cosa.

En todo esto pensaba yo la otra mañana mientras entrecerraba los ojos a causa del sol que cascaba en la playa de la Malvarrosa cuando una señora oronda como una patata se interpuso entre el astro rey y yo. Por dios santo, cuánta sombra daba aquella hembra superlativa. Era como una sombrilla, redonda y opaca. Inabarcable. Me puse a observarla y aquello fue como las pipas: cuando empecé ya no podía parar. Me tenía absorta, abducida, ojiplática. Qué tremenda(mente) maravillosa era. Lucía un bañador azul marino bien brillante, del tamaño de la colcha de mi cama de 1’50, al que le había bajado los tirantes para que no se le quedara la marca sobre los hombros. La señora, que bien podría haberse llamado Lola, tenía sus ídems más tiesas que un ocho y más grandes que mi cabeza. Me pregunté cómo demonios se aguantaban con esa firmeza dentro del bañador, pero jamás di con la solución. Pronto su pelo y, sobre todo, su actitud, inundaron mis pensamientos. Llevaba el pelo cortito, teñido de rubio casi blanco y se lo aguantaba con un turbante rojo de puntitos blancos. Además del cuello le colgaban unas gafas sujetas con un cordel negro que se le enredaban con el móvil, ya que la buena señora estaba haciéndose una sesión de selfies digna de la bloguera más influyente del mundo digital. Se atusaba el flequillo, sacaba morretes, ladeaba el cuello para que la papada no le hiciera una jugarreta… Era fantástico mirarla. Y reparé en que no solo la observaba yo, también su marido, dos metros a la derecha, sentado en una silla con la camisa medio desabrochada, un sombrero de esos de un euro y un bigote de marajá.

Lola’s aposentó su pandero al lado del de su marido y se enrolló como pudo en las entretelas de un pareo. La silla se tambaleó ligeramente y Lola’s aprovechó para descalzarse y sentir la arena fresquita bajo sus pies. La señora llevaba anillos de bisutería del tamaño de una castaña y crema para el sol Delial, factor pantalla total, por si las arrugas. Diría que su marido la miraba embelesado, divertido, atendiendo a las ocurrencias de su santa, que sacaba la Mahou de la neverita, dispuesta a refrescar el gaznate. Pensé que qué buena mañana se estaban arreando estos dos, y que seguramente era más merecida que gratuita, ya que, quién sabe, quizá los otros seis días de la semana entre los nietos, los hijos y el come come de la rutina diaria, no les permitiera disfrutar ni de una sesión de selfies a la orilla del mar. Así que ole tú, Lola’s.

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