La petanca

Cada miércoles están ahí. Aprovechan la sombra y el cobijo de los olmos del Paseo de san Juan para jugarse una partida de petanca. Son diez o doce señores y parecen muy agradecidos porque su ciudad les brinda estos espacios para dedicarse a lo que más les gusta: jugar. En realidad no sé si se trata de diversión o va más allá. Quizá buscan compañía. Da igual lo que sea. Algunos llevan gorra, creo que de publicidad de ‘La Caixa’. Muchos se cuelgan de la hebilla del pantalón un paño, que al rato descubro que es para limpiar las bolas de la petanca. La mayoría debe de rondar los 70 años y puede que esté hasta la coronilla de vivir. Sin embargo aparenta justo lo contrario. Parecen especialmente felices de disfrutar de esas cosas pequeñas. Seguro que los miércoles se levantan contentos porque esa tarde ‘toca partida’. Imagino que sus mujeres en casa se quedan más a gusto que un arbusto o aprovechan para ir a la pelu a hacerse la permanente mientras ellos se reúnen con sus amigos para hablar de ‘sus años mozos’ y otras cosas importantes de la vida.

Uno de los abuelitos maneja el cotarro con una destreza que ya quisieran para sí muchos jóvenes ejecutivos que se las dan de altos mandos. El Gran Jefe de los jugadores de petanca es el más ágil y va y viene anotando los puntos de unos y otros. Se toma muy en serio la partida y parece que cuando habla se le vaya a caer el palillo que sostiene en la comisura de los labios, pero no se le cae. Lo sujeta estratégicamente para poder hablar y aguantarlo a la vez. Hay dos señores más que llevan cosas en la boca, pero no son palillos. Creo que es regaliz, de ese puro del tronco. Visten zapatillas de deporte blancas con calcetines subidos casi hasta el gemelo. Me encanta que todo les importe un rábano, son felices con algo tan sencillo como verse los miércoles para jugar a la petanca. A lo mejor alguno está enfermo, o ha enviudado hace poco, o tiene a los hijos y a los nietos en paro. Pero los de su generación resurgen. Saben salir a flote, remontar, volver a volar. Cada miércoles cuando paso por ahí me quedo mirándoles. Yo ando preocupada por mierdas, (porque a fin de cuentas casi todas nuestras preocupaciones son mierdas). Y ellos deben de haberlas pasado muy putas y, sin embargo, están ahí riendo y viviendo. Me dan envidia. Creía que tener la lavadora rota era motivo para estar jodida todo el día. Pues no me queda por aprender. Ay.

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¡Por cierto si me querei, pasarse por Twitter! ¡Ole ole! ¡Sólo llevo unos ocho añitos de retraso!

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1 Comments
  1. Este tema me pilla de cerca, resulta que no sabia yo que la junte aun jugara a la petanca, tenia esa idea , sin fundamento pero la tenia, y eso que yo tengo una con bolas de colores con la que jugaba con mi padre y mis primos cuando los domingos íbamos “de campo”, pero me había hecho a la idea de que a eso no se jugaba! resulta que me mudé hace poco (te entiendo perfeeeeeeeeectamente) y en frente de mi casa hay un parque con dos campos vallados para uso exclusivo de petanca!!!!!! y por la ribera del Ebro por donde voy a merendar mosquitos mientras corro algún que otro kilometro hay mas zonas para ello y hay gente siempre, algunos como tu describes y algunos más jóvenes, en común todos tienen que están de charleta tranquilamente. ¿Cuando echamos una petanca Almi?

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