La no-vida

Yo sé que no es, ni mucho menos, un lugar para hacer bromitas. Pero la cabeza a veces se me dispara. Se me va, se me va y ya no hay forma humana ni divina de ponerle un bozal y callar a mis voces.

Resulta que ayer fui al cementerio con mi madre. Como era de día y tal pues no me daba mucho miedo, pero es innegable que el ambiente que se respira en ese contexto, es, cuanto menos, místico y sobrecogedor. Si a mí habitualmente ya me falta poco para divagar y darle al coco, en estos lugares propicios para pensar, imagínate. Me senté en un banquito al sol mientras mi madre hacía sus cosas y observé en silencio lo que hacían algunas personas que por allí andaban.

Es curioso cómo de gilipollas puede ser el hombre, pensé, que necesita, casi siempre, de tener la muerte de cara para darse cuenta de las cosas importantes. Una ve allí tanto muerto y tanta no-vida que se plantea si de verdad era necesaria la bronca que tuvo esa mañana con Fulanito. ¿Por qué nos encargamos a diario de convertir las mierdas insignificantes en cosas de envergadura?

En esas andaba yo cuando reparé en mi madre, que de repente se había convertido en Raimunda la de Volver, limpiando una lápida, resignada con la vida (o con la muerte, mejor dicho) y jodida pero echá palante. Los cementerios nos igualan, los muertos nos reconcilian con la vida y los tres metros bajo tierra democratizan al ser humano como pocas cosas en este mundo. Ya lo decía Caye -Candela Peña en Princesas-, que “existimos porque alguien nos piensa y no al revés, como dijo nosequién”. Y es verdad, el cementerio está lleno de gente que no está, pero es, porque muchos todavía hoy les piensan. Y es que las cosas importantes son aquellas a las que tú les das ese privilegio, y no viceversa.

Pero como mi madre tiene más razón que un santo, como les pasa a todas las madres, ella me dice mucho que voy “tonta, con la cabeza llena de pajaritos y no estoy a lo que toca”… Pues sí. Fijándome en las flores de una lápida estaba cuando me llevé el que podemos llamar ‘mayor susto de la historia’. Resulta que escuché unos ruidos detrás de mí, que no eran más que las piedrecitas del suelo, la gravilla, que una señora pisaba mientras caminaba cabizbaja por el cementerio. Se ve que le di tanta pena a la mujer, cuando me vio despavorida con cara de estar viendo a Michael Jackson resucitado cantando Billie Jean allí mismo, que con voz dulce me dijo: “¿Te he asustado cariño? No seas así mujer, que yo todavía estoy viva” y me dedicó una sonrisa con dos dientes tan mellada como mi prima de seis años. Juro que escuché de fondo la BSO de Psicosis. Yo ahí no vuelvo.

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7 Comments
  1. Almi, bonita!! No sé por que no te había leído antes, pero vamos que me acabo de poner y ya estoy al día, todos los post del tirón!! Y a mí que me gustaban tus fotos, pues esto ya es otro nivel… Me encanta, en serio :**

  2. Has hecho una referencia a Princesas! Cómo me gusta esa peli! Y mi Almita cada día más! :D

  3. La anciana tenía mucho mundo. Quizás más que vida.
    Aunque entre los dientes es un buen lugar para muchos microclimas y microfunas.
    Un saludo.

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