La muerte es un timo

Eran las ocho de la mañana y mi padre me llevaba con el uniforme y las coletas hacia la Iglesia de san José, como todos los días 7, para recordar a mi abuela Melu, la de Cádiz, la que tenía las cejas como dos comitas y una pala montada encima de la otra. Mi abuela se murió sin avisar, sin pedir cita previa ni reservar mesa. Ella era muy artista y se fue con fuegos artificiales, dando un golpe de melena y un bombazo en el vecindario. Como no tenía pensado morirse, el de la guadaña la pilló ocupada. Recuerdo que poco antes de dejarnos estaba preparándome un disfraz bien completo de ‘bañista de los años 50’: pololos marineros y un gorrito que daba un calor de mil demonios. En pleno agosto, hay que tener valor. Pero como mi abuela era mi prefe y yo la suya, nosotras solas nos hacíamos mil perrerías para distraernos. No necesitábamos a nadie más. Un día se empeñó en jugar a las peluqueras y me cortó el flequillo creyéndose Lluis Llongueras. Cuando me vieron mis padres casi la matan, pero nosotras nos reímos mucho con aquella aventurilla.
Qué mala pata lo de morirse, ¿no? Con lo que molaba mi abuela. Meses después de aquel 7 de agosto aún me llevaban a la capilla para rezar por ella. Yo era pequeña y no entendía muy bien cómo funcionaba aquello. ¿Le hablo y entonces qué? ¡Si no me contesta! ¡Si no la veo! Vaya timo y vaya mierda esto de la muerte, la verdad. Prefería que me destrozara el flequillo. Sobre todo porque yo, casi 30 años después, me acuerdo perfectamente de sus pecas, de sus tintes rubios que se hacía en casa cada semana y de su sempiterna Rochas y su labial coral. Laca Nelly, collar de perlas y vestido floreado. Ella. Siempre. Está. Por eso no he dejado nunca de hablarle. Aunque diciendo esto ahora parezca la zumber del Exorcista. Pero después de vestirme de ‘bañista de los años 50’, tampoco es que me haya quedao muy fina.

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