La hora de los Valientes

Que está cansada, dijo. Normal, pensé yo. Normal que esté cansada. Tampoco sé mucho de su vida pero desde mi ignorancia adivino que lleva mucho tiempo apretando los dientes y el culo. Y cerrando los ojos metiendo quinta y pisando el acelerador sin mirar atrás. Y claro, ese ritmo es imposible de sostener mucho tiempo. Yo creo que se estaba apagando. Se estaba consumiendo, desgastando. Incluso físicamente estaba menguando. Cada vez más flaquita y cada vez más menuda, más transparente. Y eso que, por dentro, la tía brilla que no veas. Tiene luz propia, aunque sea del norte y un poco padentro. ¿Tímida, quizá? No sé, tampoco me ha dado mucho tiempo para conocerla. Al menos no así, ni ahí. Pero tiene derecho a descansar. Está obligada. Desde mi egoísmo no quiero que se vaya, pero claro, esto lo digo porque solo pienso en mí y en mi bienestar. Sin embargo, si me pongo en su piel, creo que le va a sentar fenomenal estar en su casa mirándose el ombligo. Qué diferentes serán sus mañanas cuando se levante y a las diez, a lo mejor, todavía lleve puesto el pijama mientras lee la prensa online y se toma un café con leche de avena. Y qué raro también para mí llegar al trabajo y ver su mesa vacía. No se lo digo (mucho) porque nos ponemos a llorar como dos tontas, pero es una putada lo que nos hace. A mí me sabe mal, che, porque me ha ayudado desde el minuto uno. Seguramente (nunca lo sabré) fue suya la última palabra para que yo viniera -o no- a vivir a Barcelona. Fue ella quien me lo dijo y todavía es una de las personas que confía en mí más que yo misma. Tiene tacto, educación y disciplina. Y la discreción que le caracteriza hace que nunca sea el centro de atención. Y a mí esas personas que parece que nadie repara en ellas, me flipan. Porque rascas un poquito y encuentras el tesoro. Ella dice que “este es el momento oportuno”. Si lo siente, será que lo es. Es la hora de los valientes, la hora de su cambio.

Igual me estoy poniendo un poco moñas. Pero se acerca esa mañana en la que me siente en mi mesa de trabajo y al girarme, no la vea. Y mira, a mí me da pena, qué quieres que te diga. Pero ay cuánto bien le va a hacer a ella. Sólo espero que alguna mañana que otra, se ponga a Ana Rosa de fondo mientras hace cosas por casa. A mi salud, joder.

(Pd. Si te gustan los titulares en 140 caracteres, no olvides echar un ojo a los chascarrillos que cuento en Twitter)

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6 Comments
  1. ir al trabajo es menos trabajo si hay gente que te lo hace fácil, si hay gente de la que aprendes, si hay gente que admiras o simplemente si hay gente que sonríe, yo lo he aprendido hace bien poco y como echo de menos a una persona. La vida sigue, incluso para los del norte que somos metidos para adentro… pero también tiro de tópico y te digo, si uno del norte se deja rascar y se abre, jamás se cerrará amiga…
    besosssssss

  2. Volverá con energía, con ganas y brillando fuerte :)

  3. Cuánto tiempo sin escribirte. La verdad es que cuando una pasa desapercibida es porque hace bien su trabajo pero nadie se acuerda de ella, de sus necesidades personales.
    Es grato y lindo dejar huella en la gente y que al girarte no la veas en su mesa, solo es cuestión de tiempo, de vez en cuando no esta mal que se desmonte el mundo mientras tu ordenas el tuyo.
    Que tengas buen finde bonita!

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