Gente que engancha

“Le he dicho que gracias por su ayuda, pero que mi vida ahora mismo es un desastre y quiero que lo siga siendo. Porque soy feliz así”.

Pocas veces había escuchado una declaración de principios tan íntegra y coherente. Resulta que ella, P., decidió unos meses atrás que su vida no era suya y que ya estaba bien de seguir la corriente impuesta cuando lo que de verdad quería era nadar en otra dirección. Así que echó el freno de mano y cambió de estado civil, de trabajo, de casa, de ciudad, de colonia y de piel. Yo conocí a P. sumida en una vorágine catártica, en una erupción descontrolada de emociones donde el divorcio entre el castizo Madrid y la cosmopolita Barcelona le había servido como caldo de cultivo para curarse, mejorarse y crecerse. (¿Es correcto un reflexivo para el verbo crecer?) En cualquier caso ella se sobra y se basta y no necesitaba ningún tipo de caridad o ayuda extra ordinaria de nadie a quien no se la hubiera pedido. Así que el día que recibió en su casa un regalo indecentemente caro por parte de alguien a quien ella quería acurrucar en su cama todo el húmedo invierno catalán, pilló por banda al mensajero y le dijo: “Y ahora coges ese paquete y te vas por donde has venido”. Con dos cojones, devolvió el regalo. Y conservó su dignidad.

“Es que no se da cuenta de que yo lo que quiero es saborear este caos en el que me he metido. Que si estoy en una casa fría, sin cortinas en la ducha y ceno un sandwich con vino blanco porque no tengo nada más, es porque yo quiero. Porque me gusta así mi vida y mi piso y mi todo. Claro que me falta él. Él en mi día a día, pero no manejándolo, joder, compartiéndolo, que es muy distinto”.

Y es que P. hablando era (es) puro torbellino y no hay quien la entienda. Lo suyo es hablar sin palabras, explicar con imágenes y decir sin voz. Pero yo secretamente la entendía en cada morfema. Comprendí todas y cada una de las palabras que atropellaba entre una almendra y otra. P. es de esas personas que ejercen tal poder de atracción que para mí son un imán. Podría pasar horas husmeándola, analizándola. P. te capta y te hace un nudo para que ya no te puedas (quieras) ir de su lado. Yo la observaba impertérrita desde mi silla de mimbre, en silencio, sabiendo que estaba delante de una cabeza prodigiosa, que le falta un poco de serenidad, pero le sobra talento y sentido común. Mientras mi mente la admiraba, ella continuaba tropezando entre oraciones, hilando unos temas con otros e intercalando un “¿tú me entiendes, Forte?” cada vez que podía. Dice que yo le doy paz. Y que creo adicción, “como el whopper”. Jodida P. Tú sí que enganchas.

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2 Comments
  1. Ya estás escribiendo una novela ahora mismo. !Pero ya!

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