Gente de verdad

No parecían muy preocupados por las apariencias y eso me conquistó desde el primer momento. Aquella familia, de la que solo tuve el placer de conocer a los varones, era una familia de las de pueblo de toda la vida, de las de dinero y tierras, de las que tenía en bolsillo lleno y el alma buena. El padre, un señor erguido y de pelo blanco, solía vestir los Levi’s 501 planchados y más tiesos que un ocho. Alguna vez le vi con chaleco acolchado, como haciendo un guiño al frío que hacía en ese pueblo, ya sabes, “abrigado pero sin mangas”, precavido pero echao p’alante. El padre era de los que ayudaba siempre que podía, de los que daba todo lo que poseía. Tenía una pequeña empresa más vieja que la tos, que daba trabajo y caja de navidad a cinco vecinos del pueblo. Llevaban juntos más de dieciocho años y más que empleados ya eran amigos. Amigos a los que, cada viernes religiosamente, a eso de las dos de la tarde el de los Levi’s 501 invitaba a dos cañas antes de ir a comer a casa. “Los viernes el aperitivo y a comer con mi mujer, nada de venir a trabajar, que ya es fin de semana”. Y ahí, entre cañas y cazuelitas de barro con olivas de manzanilla y cacao frito sin pelar, aquellos hombres empezaban el fin de semana y el merecido descanso.

Yo les observaba como quien observa a un ser feliz, paciente, relajado. Ver a aquellos hombres sencillos, preocupados por sus cosas, vete tú a saber, pero sin grandes pretensiones, sin opulencias ni vastas aspiraciones que les reportaran inútiles quebraderos de cabeza. Eran señores de pueblo, con vida de pueblo y preocupaciones de pueblo. Eran señores que apreciaban los 22 grados de aquel viernes y lo celebraban sentados en la acera de ese bar cutre y cochambre -limpio, eso sí- pero que jamás ostentaría una estrella Michelín. ¿Quién quería estrellas en aquel pueblo entre montañas? Estaban rodeados de monte, de cabras y de árboles. De huerta, de acelgas, de olivos, de tierra y de atardeceres silenciosos. No hacía falta mucho más y sobre todo, nada era ansiado ni mucho menos. Me dieron mucha envidia. Gente de verdad, sin necesidad de fingir, de posturear, sin ínfulas vanales. Las tardes libres de los viernes eran su regalo. Pero algo me decía que para ellos, cualquier cosa pequeñita, ya era un gran regalo.

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1 Comments
  1. La vida es un regalo, en un pueblo, en una ciudad pequeña o en una gigante, la vida es un maldito (si, maldito) regalo.

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