Estás lleno de chichas

 

Una, que es muy de la filosofía del desayuno y más si cabe de la cofradía de enchufar la antena y cotillear la mesa de al lado, se encontraba esta mañana engullendo sendas tostadas de tomate acompañada de su abuelo. Mi compi de café con leche hace tiempo que disfruta haciendo ver que no oye ni media, pero yo en mi fuero interno sé que todo es un teatrito y en realidad tiene el oído fino y afilado como una navaja de Albacete. Pero mi abuelo es de escucha selecta y está muy bien fingiendo que no se cosca de la misa la mitad. Así que allá él.

El caso es que, decía, esta mañana desayunaba feliz como una perdiz y despreocupada como una lombriz cuando a mi izquierda he avistado tres maromos escuchimizados que devoraban ensaimadas, café y zumo como si vinieran -quién sabe- de vigilar la trinchera durante doce interminables horas. Les oía comentar un viaje a Tailandia, centro de la conversación y destino estrella este verano por lo que he podido averiguar, no con mucho interés ni algarabía, la verdad sea dicha. Hablaban del viaje con una desgana propia de quien va cada mañana a la oficina en el pueblo de al lado. Sic. En eso que a mi segunda tostada llegó un cuarto maromo, templao y poquicosa como sus homólogos, que apelaba a una ‘segunda ronda de café y tostadas’. Se saludaban los zagales con palmas en la espalda, casi golpes si me apuras, simulando ser homo sapiens del cromagnón, tal vez con afán de tapar que más bien sus cuerpecillos no eran musculados ni fibrosos, sino todo lo contrario.

Cuál fue mi sorpresa y estupefacción al descubrir que, en llegar el último d’artagnan, sus colegas de desayuno lo recibieron con unos ‘piropos’ de dudoso gusto y simpatía. “Nano, después del verano y has vuelto más blanco todavía”. (Nótese cuánto tira la Terreta en la acepción ‘nano’). “Cabrón, estás lleno de chichas”. “Vaya tripa has echao. La buena vida, ¿eh?”.

Jesús, María y José. A puntico estuve de levantarme y parar aquel akelarre de verdades, aquella jauría de vituperios, qué manera de blasfemar, qué capacidad de acusar, por Dios bendito, pobre criatura del cielo, aquel ignominioso que tan sólo quería unirse a la fiesta pagana de las ensaimadas matutinas.

Se quedó una servidora pensando, tras aquel festín de irreverencias, en la alegría despreocupada con la que los varones se saludan, donde un abrazo casi es sinónimo de un insulto y una palmada en la espalda una semejanza del agravio.

Qué distinto habría sido, a fe que es así, presenciar el desayuno de cuatro féminas pititiesas y coquetas, dorándose la píldora in extremis, con tal de no mentar a las (patentes) lorzas de la felicidad.

 

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