El umbral del dolor (y II)

Viendo la luz al final del túnel, así estaba. Me recosté en la camilla esa del terror que tienen los dentistas y me puse a llorar. Ole mis huevos. Lo echá palante que soy en la vida, y va y con la sangre mira, una muestra sus flaquezas. A dios gracias que las enfermeras que estaban allí conmigo eran más amables que mi propia madre en muchas ocasiones, y se dedicaron a tranquilizarme y a contarme qué estaba pasando en cada momento: -Alba serénate, ahora vas a escuchar una turbina y vas a notar agua, pero no te va a doler. Como para explicarle en ese momento a la buena mujer que me llamo Alma y no Alba. A mí ya me daba todo igual, como si quería llamarme Severina. Sólo quería acabar y salir de allí cuanto antes. -Si no te relajas, esta noche te va a doler el cuello muchísimo. Esto… ¿el cuello? ¡Señora! ¿Usted cree que lo que me va a doler es el cuello? ¿De veras?

Me di cuenta entonces de cuán diferente es el umbral del dolor según quién sufra en cada momento. Creía que, cuando uno se hace mayor, sólo llora cuando le duele el alma. Hacía mucho tiempo que un dolor físico no me hacía llorar.

La enfermera me cerró la mandíbula y todos se alejaron de la camilla. Cada uno a lo suyo, acostumbrados, seguramente, a realizar esta agresión e invasión a la integridad física de una persona, unas diez veces al día. Y allí estaba yo, indefensa, limpiando mis lágrimas y abandonando todo intento de mantener la dignidad, porque mi dignidad ya me importaba un carajo y lo único que quería era que dejaran de hacerme el chiste del ratoncito Pérez. Y gritar, gritar mucho. Pero si gritaba, los puntos se iban a tomar por saco, así que tenía que estar callada obligatoriamente.

Al final nos fuimos de allí todos. Mi nueva boca de Yola Berrocal, mi madre burlándose porque yo balbuzeaba como Juan Carlos I y un regalillo que tenía para mí, que me hizo llorar otra vez (cosas de la anestesia, supongo). Me había comprado las mantitas de estrellas que tanto me gustan del Zara Home. Que son mantas pequeñas, ya lo sé. Porque son ropa de cama de bebé, lógico. Pero ¿y lo bonitas que son? ¿Qué? Yo las miro y me alegran el día.

Lo cierto es que estoy tranquila desde que me quitaron el juicio. A lo mejor soy como una planta que han podado y han quitado lo malo y ahora resurjo súper guapa y sana. ¿Te imaginas? A lo mejor soy una versión más guay de la Almi anterior. O a lo mejor estoy flipando en colores de tanta droga que llevo en el cuerpo. Va a ser eso.

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2 Comments
  1. yo tengo aversión por todo aquello que lleve bata blanca, incluso los profes que llevan bata blanca me dan repelús, y trabajo con ellos… a lo que iba, “el miedo a la bata blanca” es un síndrome que padezco , del que no me enorgullezco pues es totalmente irracional, pero dentro de eso el que más miedo da es el dentista, que tipo de persona es alguien que decide meter su mano en la boca de nadie con el asquito que puede dar según que casos, que tipo de deficit emocional padecen…???
    menos mal que tengo una amiga odontóloga que me lo hace todo con mucho cariño y no se enfada cuando me voy de su consulta llamándole depravada.
    A mi me quitaron “un juicio” y me recomiendan quitarme el otro porque debe ser perezoso y viene tumbado…. que me esperen.
    Un abrazu y un besu!! disfruta del colocon de la anestesia a la próxima, es lo único bueno que vas a sacar de ello

  2. Uy aquí taras y complejos los tenemos todos, así que no padezcas en sacar a la luz tus fobias porque estamos todos para atar ;)

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