Conejito Azul (y III)

De aquel 7 de abril recordaré siempre la obsesión que yo tenía por que a Guille le diéramos inmediatamente una almohadita para dormir. Llevo casi 32 años durmiendo con la mía y no quería que mi hermano creciera sin una para él solo. Tan suave, tan gustosa, tan dulce… La almohadita siempre es el mejor camino ante la hostilidad de este mundo. Siempre huele bien, siempre es resurrección y cura.

Mi madre no tardó en atender mis súplicas y fue, para sorpresa de todos, el propio Guille quien eligió con qué quería dormir todas las noches de su vida: el pijama de mi madre. Pasaron los días y todos nos dimos cuenta de que mi hermano, mientras mi madre le daba pecho, no paraba de agarrarse con mimo y amor a la camiseta del pijama de mi madre. Ella, para que Guille se durmiera, siempre le dejaba que acariciara la camiseta roja de rayitas y fue así como Guille y ella comenzaron su historia de amor. Ya ves tú, tan pequeño y con esas manías tan definidas. En fin, misterios de la vida.

Recuerdo a Guille ese verano de 1996. Era guapo como él solo, madre mía, qué niño tan precioso. Le salían unos hoyuelos en las mejillas como si fueran dos soles y cuando comía papilla con galletas daba gusto verle. Tan rubio y con tantos rizos, menudo muñeco. Además no sé cómo se lo montaba que siempre olía bien. Bueno, excepto los pies, que le olían a queso. MI madre lo decía sin parar: “este niño huele a queso”. Pero salvo excepciones, Guille siempre olía a Nenuco o a Mustela o a gusanitos, porque el pescado no le gustaba nada y mi madre le tenía que engañar a veces dándole gusanitos.

El caso es que aquel conejito azul nos llenó a todos de amor y a mí me enseñó lo que es el delirio por una persona. La poca gracia que me hacía la idea de tener un hermanito y fíjate que fue llegar y me enamoró para siempre. Claro que ese conejito azul ha terminado siendo un gigante verde. Pero esa historia es otra historia y será contada otro día.

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