Carisma

Me niego a pedirle una cita. Me niego a pedirle una cita porque me pone como una moto y cualquier cosa que ocurra encima de esa camilla, defraudará mis expectativas.

Lo confieso, el fisioterapeuta de mi gimnasio me tiene loquita perdía. Sus ojos verdes iluminan cada paso que da por el pasillo de las elípticas, como si fueran un semáforo que (me) permite el paso, aunque yo secretamente sé que no (me) lo permite porque tiene un hermoso bebé de un añito y yo hay normas morales que no las quebranto por nada del mundo.

Pero ay. Volvamos a ese moreno de sonrisa vibrante que cada cuerpo que toca lo sana con un masaje. ¿Tú te imaginas? Bueno, en realidad la primera frase de este post debería ser “me niego a pedirle cita”, no “una cita”. Más que nada porque ese rato a solas no iba a ser tomando una copa en un lugar donde el deep me embriague y yo lleve los tacones más dolorosos del mundo. Total, seamos honestas, si me arriesgara y decidiera que de repente de manera sospechosa me duele la espalda muchísimo, iba a estar una hora en su consulta, acostada boca abajo esperando que me arreglara lo que no tengo roto. Y luego pase por caja, por supuesto. Vamos que no. Que además una se monta tantas películas en la cabeza que al final las cosas nunca son como se las imagina y acabo siendo la pringada de turno. Y basta ya hombre por dios, un poquito de buena suerte, eso necesito yo. Que este hombre en sueños ojito lo que es capaz de hacer con esas manos, ojito. Qué contenta debe de tener a su mujer, porque a mí con solo mirarme y sonreírme me pone de un tonto que qué sé yo.

Que me disculpe mi Ausen, pero él es que es un poco gris, sombrío, como el callejón trasero de una película en blanco y negro de los años 50 donde se juegan timbas de póker clandestinas. Ausencio me está pareciendo ya un poco triste, una pausa, un vacío, sin luz, un paréntesis, un silencio. Y a mí lo que me enamora es el carisma. Ésa es la idea.

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1 Comments
  1. Los siesos por muy monos que parece al principio terminan siendo lo que son, siesos.

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