Cambios

“Los cambios dan miedo, pero son necesarios”. Tantas y tantas veces me he repetido esa frase… Cambios. Mira que nos asusta esa palabra. ¿Por qué será? Somos de ideas fijas, de costumbres ancladas. Quien más y quien menos acaba por cogerle cariño a su zona de confort y le aterra levantar el culo y moverse hacia una nueva dirección. Hace no muchos años, por ejemplo, cuando salió la Ley Antitabaco, poníamos el grito en el cielo negando a pecho descubierto que fuéramos capaces de no fumar en los locales cerrados. Ahora, poco tiempo después, nos sorprende a nosotros mismos lo capaces que hemos sido de adaptarnos al cambio e incluso, muchos estamos mejor así. Lo mismo ocurre con las recientes leyes reguladoras de los límites de velocidad. No nos viene bien y lo fácil es quejarse y permanecer inmóvil sin avanzar. En cuanto sale algo nuevo, nos apresuramos a dar un ‘no’ bien grande, rotundo e hiperbólico, que deje muy claro que nosotros somos de viejas creencias, de antiguas raíces y que no nos moverán de donde estamos. Sin embargo luego, habiendo pasado por el nuevo ‘qué’, a regañadientes aceptamos que sí, que quizá estamos mejor que antes y que no era tan fiero el león como lo pintaban.

A mi casa viene desde hace dieciséis años todas las mañanas el cartero Guillermo. Un tipo malhumorado, que se cabrea si tiene que llamar varias veces al timbre y que me ha visto más veces en pijama que mi propia madre. Guillermo acabó por cogerme cariño, y yo a él, aunque las apariencias siempre pintaran una relación amor-odio pero sin el amor. Pues resulta que de repente, va y nos cambian de cartero. Guillermo cambia de zona y aparece en escena un nuevo chico, muchísimo más amable y risueño que toca el pito de la moto si ve que no le abro a la primera. Me llama por mi nombre y casi se sabe de memoria mi dni. He de decir que, como buena mujer de costumbres, al principio no me hacía ninguna gracia que Guillermo desapareciera de mi día a día. Pese a nuestros rifirrafes, pese a su terrible carácter, pese a su genio agrio y tedioso, no quería que Guillermo se fuera porque no confiaba en el siguiente que viniera a sustituirle. Pero oh, hete aquí mi cara de sorpresa al reconocer que, este cambio, como tantos otros, ha sido para mejorar. El cartero de ahora se merece mis palabras alegres cada mañana y el otro día se fue feliz y contento con la cajita de bombones navideños que le regalé. Porque hace muy bien su trabajo y se toma algunas molestias que no tendría obligación de tomarse. Y es que nos resistimos, pero hay que cerrar un capítulo para dejar que la propia vida dé paso al siguiente. Que será mejor.

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