Bien de pestaña

“Érase un hombre a un nariz pegado. Érase una nariz superlativa…”
No quisiera yo emular al gran Quevedo pero ay, mamá, que me he puesto pestañas y soy una mini señora enganchada a un matojo de pelos.
Jesús, qué dramax. Qué disgusto he pillao allí sentada en la camilla, de una guisa nada presentable y menos digna, con media cara vendada y los ojos almohadillados. Lágrimas a borbotones me caían, qué sé yo si por culpa de los pegamentos infames o por verme convertida de la noche a la mañana en una drag queen subida a la carroza el día del Orgullo. De repente era Regina DoSantos. Odamae Brown. Saritísima. Que sólo me ha faltado el puro. Válgame.
Con un hilillo de voz he acertado a decirle a la chica: “Por favor, quítame estas escobas de los ojos. Ten piedad”. Cada vez que pestañeaba yo era un pavo real desplegando sus alas. Juro que podía quitar el polvo sólo acercándome a los muebles. Qué desastre, qué contrarío. Al salir de allí no quería que mi señor me viera convertida en la Reina del Carnaval. Eso no eran pestañas, eran escobillas del váter. Y yo soy una señora. Y por ahí sí que no.

 

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