Ay Manolete

Andan un poco sobresaltadas las Redes últimamente (¿alguna vez estuvieron calmadas?) con la llegada de las nuevas técnicas de publicidad que frecuentan los entendidos en la materia. Y es que la forma de calar al público ha cambiado de arriba a abajo desde que la gran mayoría de la población convive entre dos mundos paralelos que confluyen en un avatar, en un alter ego, en nuestro ‘yo’ del 2.0

Hace años la publicidad consistía en impactar en el espectador con más o menos tino, tratando de generar una emoción en el individuo y provocar un sentimiento de adhesión o pertenencia a la marca equis. La comunicación era prácticamente unívoca, unidireccional: la marca habla, el espectador escucha. Una relación un tanto injusta y bastante tortuosa. ¿A quién le gusta que pasen de él?

Sin embargo, tempus irreparable fugit y las nuevas tecnologías han hecho que el paso del tiempo nos ponga a todos un petardo en el culo para apresurarnos a no perder ningún tren y a sumarnos absolutamente a todas las mamarrachadas que surjan en las Redes Sociales y otros lares del ciberespacio. Este escenario, tan adictivo como inestable, ha sido el caldo de cultivo ideal para que giren muchas tornas en el mundo de la publicidad. No en vano, aquella comunicación sin retorno de la que hablábamos en los anuncios de años ha, ahora se hace adulta en un entorno de prescriptores de ir por casa, esto es, personas como tú y como yo que opinan, opinan sin cesar, dan su opinión sobre cualquier cosa y la lanzan “ahí afuera”.

Hoy lo que importa es ver los comentarios de un restaurante antes de decidirse por ir a cenar, las impresiones de los usuarios de un teléfono móvil antes de comprarlo y las sensaciones de las beauty bloggers sobre un labial antes de pintarse el morro rojo putón. C’est la vie. Nos importa más lo que piensa mi prima la del pueblo en su Instagram, que Cindy Crawford.

El problema que le ve una humilde servidora a todo este embrollo es que la boca la tenemos todos demasiado grande y nos ponemos a cascar sobre cualquier posible, tengamos idea o no. Y no, en muchos casos (¡muchos!) la gente habla acomodada en el desconocimiento y te encuentras dando consejos sobre alimentación a una informática, por poner un ejemplo.

Para muchas marcas, que poco han estudiado el negocio, creo yo, los prescriptores se miden en el número de seguidores que tienen (que no impactos) y no se basan en ninguna métrica más. Así nos va. Que lo mismo da que un gamer de 20 años hable de perfumes, que de felpudos para la casa, que de lechuga iceberg. Todo vale. Además, si no hace la promo una, lo hará la copia. Y si no, la copia de la copia. Porque de -malas- copias también están llenas las Redes del Señor. Pero ese es otro cantar. Y ya lo cantaremos otro día.

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