El Gordo

Cada 22 de diciembre se levantaba aún más temprano si cabe y se acicalaba en el lavabo mientras escuchaba la radio y se afeitaba con cuchilla. Dejaba el cuarto de baño oliendo a Basic Homme y a Lucky Strike, porque otra cosa no, pero fumar, sabía fumar hasta con las manos ocupadas.
Después de su ritual y de sus dos cortados con dos sobres de azúcar, colgaba el “Don’t disturb” en su salita particular y se veía de principio a fin el Sorteo de la Lotería de Navidad. Lo mismo le daba la 1 que Ana Rosa, porque él iba anotando a mano, subrayado con regla y rotulador rojo, uno a uno los quintos, los cuartos, los terceros, los segundos y el Gordo. “Ni un bufo”, acababa diciendo. Aunque siempre le tocaba algo. “Papá, juegas tanto que siempre te toca”, le decía mi padre. Y es verdad, porque siempre le tocaba algo y siempre lo repartía entre sus tres hijos. 
Era esa cancioncilla de fondo, esa de los “miiiiiiiiil eeeeuroooos”, la que ambientaba la casa de mi abuelo cada día de la lotería, la que daba el pistoletazo de salida a las navidades, la que anticipaba los titulares del informativo de ese día y la que tantas veces he escuchado mientras le miraba desde el marco de la puerta. Quién me iba a decir a mí que hoy cambiaría todo el dinero del Gordo por volver a apoyarme en esa puerta.

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