Por los pies

Por los pies

Y es que a veces no hacen falta muchas palabras para contar grandes historias. Aquí presento un puñado de relatos cortos que en su origen fueron pies de foto para las imágenes de mi galería de Instagram. Cuentos que cuentan contados con cuentagotas. Que lo disfrutes. 

Se me ha incendiado la tostadora (fuego nivel hoguera de campamento americano) y mi primera reacción ha sido echarle agua pitando. Menos mal que mi madre se ha adelantado a mi lerdez superlativa y ha sofocado las llamas como si trabajara en el Parque de Bomberos toda la vida. Tengo un -nulo- instinto de supervivencia que me preocupa. Y no hay tostadas. Pero el zumo está increíble #elshowdealmi

Una vez conocí a Patxi. Un pamplonica templao, echao pa’lante, con un aro en la oreja y los ojos rasgados y verdes como una serpiente. Trabajaba de mecánico en un taller de coches y siempre andaba arriba y abajo apañando motos viejas. Llevaba el pelo medio dejao, ni corto ni largo y con muchas greñas cayéndole sobre la frente. Olía a gel y a limpio. Era un poco macarra. Era guapo hasta rabiar. Una vez conocí a Patxi y me contó su historia. “Pues nada, que me abrieron en canal maja, ¿qué te parece?”. Con 26 años le abrieron desde la nuez hasta el ombligo y le trasplantaron los dos pulmones. “El trasplante o la muerte. Menuda jugarreta me gastó la vida”. Patxi hablaba de esto y entre medias te contaba que había cenado alubias con chistorra. Él era como “España Directo”, que mezclaba crónica negra y sucesos con Norma Duval y noticias de animalitos felices. Su buen humor y optimismo era tan asombroso como envidiable y bromeaba siempre diciendo que “qué suerte que hubiera pulmones de mi talla”. El chicarrón del norte tenía un lunar en la oreja izquierda y se sentaba encorvando un poco la espalda, como acunando a su propio pecho, sabedor, quizá, del tesoro que albergaba. “A mí alguien me dejó en herencia unos pulmones y yo ahora tengo la obligación de disfrutarlos. La obligación, ¿me entiendes? Si al final la vida no es tan difícil ostia, sólo hay que seguirla. Seguirla”.#lavidadelascosaspequeñas

A los parados, a los puteados, a los que curran por 300 euros, a los que sueñan con esos 300 euros, a los que tienen un trabajo maravilloso, a los que odian su empleo, a los que matarían a su jefe, a los que están en las aulas, a los que trabajan por amor al arte, a los que perdieron su vida estando de servicio, a los negros, a los humillados, a los corporativistas, a los que están a favor de la pirámide invertida, a los que comparten gremio con su pareja, a los que pueden colegiarse, a los que no, a los de agencias, a los que sufren la caída de la letra impresa, a los que viven la burbuja imparable de la letra digital, a los que estudian el 3.0, a los que dan charlas, a los que charlan en la barra de un bar, a los que admiran a Pérez Reverte, a los de deportes, a los de cultura, a los de nacional, a los de economía, a los del corazón, a los de la radio, a mis padres, a los mediáticos, a los desconocidos, a los que soñaban que sería de una manera y se dieron cuenta de que es de otra, a los que hacen guardias, a los que tienen un sueldazo, a los que obligan a ser autónomos, a los que suspendieron Historia del Periodismo, a los que jamás aprendieron a usar el Avid, a los que ven en 16:9, a los que cuentan su vida en titulares, a los que conservan a sus amigos de la cafetería de la Universidad, a los que no pudieron estudiar, a los que sufren ERE’s, a los de los medios privados, a los de los medios públicos. A todos ellos, feliz día del Periodista y el Comunicador. Como diría Bukowski: “has sido elegido y seguirá sucediendo hasta que mueras. No hay otro camino. Y nunca lo hubo”.

Hoy he visto a una niña de unos tres años hiper rebotada porque su papá le empujaba la moto desde las ruedas de detrás. Lloraba tanto y estaba tan enfadada que hasta sus rizos rubios se tambaleaban mientras la cara cada vez se le encendía más roja. El padre y yo nos hemos mirado con los ojos como platos y yo me reía un poco por dentro, pensando que ole el genio de la Rubita y ole su independencia. No sé a qué santo tiene que ir el papá a empujarle su moto amarilla si ella es totalmente autónoma, mayor (y cabezota) para conducir sin ayuda. Hasta se le ha caído el lazo de lunares de la cabeza del sofoco que ha pillao. O lo ha tirado en señal de protesta, quién sabe. Al final el padre, aguantando el babi del cole, le ha prometido un cuento si dejaba de llorar. Luego me he ido pero a lo lejos veía a la Rizos motorista sabiéndose ganadora de la batalla. Y conduciendo sin ayuda. Amiga yo te entiendo, si lo sé me uno a tu causa. Te has ganado un cuento. Y la dignidad. #lavidadelascosaspequeñas

Delante de mi casa vive un chico con una tripa muy gorda. A veces le veo en la terraza recién duchado con su albornoz marrón de rayas naranjas. Oye una música del demonio y pone lavadoras de noche. Está separado. Lo sé porque soy muy observadora y porque su madre va muchas veces a casa y le pliega la ropa y le pregunta muchas cosas de madre. Tiene una niña de siete años (“siete y medio”, la he oído decir). Se llama Ana y muchas tardes la veo cenar con el pelo mojado y el pijama de estrellas. La otra noche el papá se bebía una cerveza con una novia de acento catalán y rizos pelirrojos que va mucho por allí. De repente le oí decir: “Ana ¿hay besito antes de dormir o no? ¿Me vas a dar un besito?”. Y la niña salió y le dió el segundo abrazo más bonito del mundo que he visto en mi vida. Esta mañana he salido a mirar el cielo. Me paso la vida mirando el cielo. Tengo que dejar de hacer esto, me van a tomar por loca. Hoy el domingo huele bien, hace aire, la ropa de mis vecinos se mueve despacio y veo a un matrimonio desayunar tostadas en el jardín. Ana está con su abuela sentada en una silla leyendo un cuento. Se toca el pelo con una mano y creo que hasta se mete un trozo de mechón en la boca. La abuela también lee, desde mi casa distingo las páginas salmón del periódico. Se oye una radio a lo lejos, pájaros, el tin-tin de unos platos de cristal y voces distorsionadas de gente tranquila. Me doy cuenta de que cuanto más soy, menos necesito. Y cuanto más grande me hago, más cosas pequeñas quiero. #lavidadelascosaspequeñas

Lleva viviendo en el mismo chalet unos 60 años. Una casa que huele a cerrao, con un nisperero en la entrada y unos sofases de escay de dudoso gusto. Yo siempre la veo cuando paseo con mi perro y ella aún me reconoce y me detiene en el camino para hacerme siete millones de preguntas impertinentes sobre mi familia. Yo no se lo tengo en cuenta porque sé cómo es, pero he desarrollado magistralmente una técnica en la que disparo una veloz batería de preguntas sin piedad para que, mientras yo la ametrallo, ella no tenga momento de insertar palabra. Vicentita, que así se llama mi vecina, era amiga de mi abuela Melu “de las de toda la vida”. Yo la recuerdo en sus tiempos mozos muy tiesa y pizpireta, con camisas de puño vuelto y botones de perla y collares largos de esos que pesan más que valen. Vicentita se fumaba los cigarros de tres en tres, Fortuna mentolado, para ser exactos, y dejaba las boquillas manchadas de carmín rojo de una manera delatora e indiscreta. Mi padre me contó una vez que “cuentan las malas lenguas que un día tu abuelo y ella fueron novios”. Mi abuelo siempre lo niega y cambia de tema con una sonrisilla de truhán que nos deja a todos con la duda. Vicentita tendrá ahora unos 200 años y ya tiene la boca un poco para dentro y la espalda un poco para abajo. Todavía lleva rulos en la cabeza, tan blancos que parecen rubios, tan plata que parece lila. Vicentita vivió su juventud para ella y para su Tonín, aquel varón de camisola entreabierta, holgada y remendada. Tonín llevaba una traqueotomía al desnudo y a mí de pequeña me daba un miedo horrible. Creía que se le escapaba la vida por ese agujero. La vida o los macarrones, una de dos. Esta mañana Vicentita se paseaba el domingo apoyada en el brazo de su hija Amparo, que tiene una pequeña discapacidad cognitiva pero una enorme capacidad afectiva. Amparo y Vicentita no se han separado jamás y a día de hoy acumulan mucha vida y más sabiduría de esa que tanto me gusta observar a mí. Por una vez al cruzarme con ellas no las he invadido con mis preguntas. Las he dejado disfrutar a ellas, que también tienen derecho. “¡Hola Vicen, cuánto tiempo! ¿Que cómo estoy? Siéntate, siéntate que te cuento”. #elshowdealmi #soyantigram

En el Día Internacional de la Felicidad me he tenido que cagar en la estampa de mis adorables vecinos que se dedican a cocinar brasas al aire libre CADA VEZ que tengo la ropa tendida. Oiga, compro el suavizante ‘olor Nenuco’ que vale un pastón -y me toca pagarlo en letras del tesoro porque es tan caro que necesitas un aval- para que luego mi vecinita cachonda me impregne los pijamas de ‘olor barbacoa’. Yo he venido aquí a hablar de mi libro. ¿Feliciqué? #elshowdealmi

Mi madre siempre dice que paso mucho rato sentada en el váter. Que en qué estoy pensando que se me van los minutos que da gloria. Y qué le voy a hacer mamá si yo no soy Carrie Bradshaw. Ni Jessica Fletcher ni Bridget Jones oiga. Las historias me vienen cuando me vienen. Lo mismo en el metro, que en la frutería comprando un melón Bollo, que sentada en el trono. Chica, que esto es la vida, que yo escribo con el pelo enrollado en la toalla mientras oigo al vecino de al lado decirle a su mujer que saque las pechugas del congelador. Las de pollo, digo, no las suyas. Y es que estoy harta de milongas. Todos tenemos nuestras taras. Yo tengo mi TOC, mis paticas de gallo incipientes, mis tetas un poco más gordas porque mato la ansiedad comiendo y los padrastros de los dedos mordidos cuando estoy nerviosa. Pero mire usté, la vida hay que seguirla. Como diría Carrie Bradshaw: “estoy hasta el moño de posar”. O no, igual eso no lo dijo ella. Bueno, pues como diría yo. #lavidadelascosaspequeñas

Estoy tranquila, flotando sobre una colchoneta meciéndome en el mar. Dejo muerta la pierna derecha. Oigo a unos chavales jugar a las palas en la orilla. Llevo una coleta mal hecha y un gorro de paja de los chinos. El bronceador dibuja surcos blancos en mis brazos. “Tendría que haber comprado la crema transparente, joder. Esto es un pringue”. Con la mano me tiro agua fría por la tripa y el ombligo me hace un charco. Se me pone la piel de gallina y las olas siguen columpiándome despacio. La sensación de calma me invade, es como balancearse y flotar en la ingravidez. Serenidad, quietud, sosiego… De repente una enorme y violenta ola me sorprende, me empapa de arriba a abajo y me tambalea hasta que me da media vuelta, me sacude con fuerza y me tumba. A tomar por culo la estabilidad, la paz y el orden. Inesperadamente, estoy naufragando, tragando más agua que un perrito. Tienen sal hasta mis palabras y empiezo a toser. Parece que me falta el aire, que no saldré viva de esta. Esa ola no estaba en mis planes. Pues como esa ola exactamente es el amor. #lavidadelascosaspequeñas

“Te falta dinero, te falta elasticidad en clase de stretching, te falta aire en el cardio, te falta un trabajo, te falta un novio, te falta tono muscular, te falta perder peso, valor para ir a por lo que quieres y paciencia para esperar a que llegue. Te falta cultura cinematográfica, te faltan títulos, te falta experiencia…” ¿Te digo lo que me falta? Me falta un hacha para cortarte la cabeza. Coño, me revienta la gente que viene a tu vida en plan comentarista, rollito tertuliano, para decirte cómo tienes que hacer las cosas para que te vaya todo bien. A ver si nos fijamos un poquito más en lo que tenemos y menos en lo que nos falta. #lavidadelascosaspequeñas

En mi familia es que no están bien vistas las debilidades. Ni las físicas ni las de espíritu. Y eso que yo, muy a mi pesar, soy bastante flojucha y soy “de mala calidad”, que dice mi madre. Cuando estoy enferma suelo quejarme bastante. Me mareo, me duelen los oídos, me molesta la luz… y cuando me aburro y estoy impertinente le pido a mi madre que me traiga a López para que me entretenga un rato. El problema es que mi perro es muy suyo y tiene un carácter indomable, así que aunque mi madre lo traiga, él se va de mi lado sin ningún tipo de reparo ni miramiento por mí, que estoy al borde de la muerte. Mi pasmosa y enorme facilidad para ponerme mala recae siempre sobre el estómago. Hago unos numeritos hiper reales perfeccionados desde hace años que dejan claro a mis espectadores que estoy super moribunda. Vomito como un aspersor, todo me sienta mal, me deshidrato, mi madre tiene que ir a la farmacia de guardia a por suero… Un show. Hay otras veces que mi madre dice que “ya te preparo yo un suero casero” y ahí es cuando saca su carnet de médico internista y se dedica a hacer sus pócimas secretas. Me trae agua con limón, agua con azúcar, agua sola rollo placebo… Mi hermano, que está post adolescencia y todavía le dura la tontería, se burla de nosotras y dice que si me bebo todo eso me voy a poner más mala y voy a estar haciendo caca tres semanas seguidas. El caso es que yo confío 100% en mi madre porque hacer lo contrario está muy mal visto y porque las madres cuando se convierten en madres reciben por gracia divina una serie de facultades que ríete tú de tus cinco años en la universidad para sacarte un título. Mi madre lo mismo es médico, que nutricionista, que veterinaria. De todo sabe oye. Mi teatrito de enferma terminal acaba cuando por fin recibo una llamada de mi abuelo y me dice, mientras ve el fútbol y se come un pisto de atún con olivas, que “los costipaos y la gripe no se te pasan porque pretendes seguir haciendo tu vida normal. Tu cuerpo te está pidiendo que pares. Y que hagas mucha cama y agua”. Vamos, reposo y líquidos. “Pero leche no tomes hija, que da mocos”, grita mi madre. ¿No te digo yo que esta mujer sabe de todo? #elshowdealmi #soyantigram

Esto eran dos dioses que bajaron del olimpo para jugar a las palas en la playa de Illetes. Los dioses, acostumbrados como estaban a lucir palmito con sus vergüenzas al aire, jugaban con la pelotita ajenos totalmente al espectáculo que suponía tal estampa celestial. Parecían muy comprometidos con el naturismo y no tenían intención ninguna de tapar sus partes nobles ni siquiera con una hoja de parra. Aquellos cuerpos esculturales cincelados y esculpidos para uso y disfrute de todo aquel que les observara, en este caso yo, parecían una perfecta lección de anatomía humana. No había visto tanta definición en mi vida pero fingía indiferencia porque en la playa somos todos muy modernos y hacemos como que es super habitual ver pililas a tutiplen correteando por la playa. El caso es que en una de esas, los dioses del olimpo, que eran muy angelicales pero bastante petardos con las palas, dieron un palazo mal dado y la raqueta vino derechita a mi estómago. Yo, que en la playa soy de todo menos sexy, disimulé mis ganas de matar y ahogué un grito como pude lamentando que mi bolsa de cacahuetes fritos con miel se hubiera llenado de arena. La cocacola al garete, el pelo pringado de crema y los dioses con sus miembros al aire rodeándome apurados por si el palazo me había destrozado la vejiga. Yo ya no sabía si veía penes, me había muerto o se me estaba cortando la digestión del susto. Afortunadamente el Bollicao que me comí después me quitó todas las penas. Y pasamos de estar en una peli de Cameron Diaz en plan buenorra a estar como Esteso y Pajares ligando con alemanas en Benidorm. #elshowdealmi

Cuando era pequeña y estaba de vacaciones, me levantaba ansiada de la vida a las ocho de la mañana. Desayunaba galletas y un Cola Cao y me tiraba en el suelo fresquito del salón a ver series americanas. Me encantaba ‘Punky Brewster’, ‘Las gemelas de Sweet Valley’ y ‘Salvados por la campana’. Luego crecí un poco y me enganché a ‘Dawson crece’ y ‘Rompecorazones’. En mi cabeza yo era una adolescente rebelde super animadora del equipo de rugby. Me acuerdo de que mi madre se iba a trabajar y yo me quedaba con Loli, la chica que limpiaba en casa. Ella siempre estaba cantando y yo siempre quería pisar la habitación donde estaba ‘recién fregao’. Entraba airecito por la ventana, se oían las campanas de la iglesia y a veces me mandaban a casa de una amiga a bañarme en la piscina porque ya estaba imposible de aburrimiento. Odiaba las ‘Vacaciones Santillana’ y solo me gustaban las páginas de hacer oraciones. Los ejercicios de matemáticas los copiaba con las soluciones del final del libro. Por aquel entonces yo iba descalza constantemente y Loli luchaba para que me pusiera las chanclas. Mi madre me dejaba gazpacho en la nevera y yo me lo comía viendo muchos anuncios de la teletienda que era lo que más hacían a la hora de comer. A veces me pegaba en el sofá de tanto calor que hacía y le decía a mi padre que era como si yo tuviera velcro en la espalda. El pobre hombre estaba hasta el moño de mí y me compraba cuentas para hacer pulseritas y que me estuviera callada un rato. Hay que ver los veranos qué largos son cuando eres pequeño. Y qué cortos cuando eres mayor. Ser mayor es una mierda. #elshowdealmi

He hecho unas cookies ‘healthy’ de esas de un blog molón lleno de ‘tips’ sanos y recetas en mil idiomas y tal. Bien. Me gustaría decirle a su señora bloguera que la puta mierda de galletas que me han salido se las dedico a ella y a su horno pirolítico último modelo. Blandas por bajo, duras y quemadas por arriba, los ‘chips’ de chocolate desgrasado y sin azúcar y sin lactosa me han costado un ojo de la cara y creía que la solución estaría en ‘mojar’ la galleta (‘sucar’, como decimos aquí) y NI POR ESAS. Por no hablar de que DESPEGAR cada pastelito del papel ES UNA ODISEA. En fin. Aquí querría ver yo a Chicote, al Jordi Cruz y a Ferràn Adrià los tres juntis merendando a mi ladito. #elshowdealmi

A Charo le encantan las revistas donde es más noticia Bárbara Rey que Tita Thyssen. No come melón porque tiene mucho azúcar y tiene la casa llena de ambientadores del Bosque Verde. Escucha M80 los sábados por la mañana, porque la música alegre que ponen la anima mientras hace la comida. Los sábados Charo está muy contenta porque, aunque su marido trabaja, el domingo ya no. Su marido es hornero y se levanta todas las noches a las dos de la madrugada para hacer crestas y pan de pueblo. Sin embargo, el sábado hace siesta y a eso de las diez se marchan de cena con amigos. Yo a veces les veo salir super guapos de casa, bienolientes, repeinaos, ella con tacones y flequillo de palmera, con las mechas ceniza estupendas, y él con camisa blanca remangada y Levi’s 501, de los de toda la vida. Charo tiene tres hijos y tres nueras y una casa muy grande y dos coches y una furgo para ir a trabajar y padres y suegros de los que también se ocupa y mucha faena por delante para 24 horas que tiene cada día. Por eso, los sábados son para ella. Para sí. De vez en cuando la oigo pegarle un grito a alguno de sus vástagos porque mucho mucho yo creo que no colaboran en casa. Sin embargo, hoy sólo se oye el centrifugado de una lavadora y a Charo canturrear el ‘Mamma mía’ de Abba mientras riega unos geranios. Desde el balcón la veo con sus zuecos y pienso pa mí: Disfruta, que eres una Grande. Feliz sábado. Ya volverá el lunes. #lavidadelascosaspequeñas

En la ferreteria de mi barrio siempre hay ofertas. Hoy he visto un cartel: “Ocasión: descorazonador”. Antonio, el dueño, dice que eso es para las manzanas y las piñas. Yo digo que Antonio entiende mucho de tornillos y de cementos, pero de corazones no, y fijo que las manzanas y las piñas se merecen seguir con su corazón intacto. Mi madre siempre me decía de pequeña que tengo un corazón “que no me cabe en el pecho”. A lo mejor es porque soy bajita, a lo peor es porque quiero mucho. ¿Y si me compro un descorazonador para mí? No, ahora en serio. ¿Y por qué las madres lo saben todo? Mañana cuando pase por Antonio creo que voy a comprarme un descorazonador. Por lo que pueda pasar. #lavidadelascosaspequeñas

Recuerdo que era atractivo como pocos, pero estaba más tarado que la madre que lo parió. Era capaz de colgarse de una imagen, de un olor, de una palabra, de una melena, dándole mil vueltas de coco a todo. Él era el camino más largo: el enrevesado, el psicótico, el golfo, el irónico, el genio. La cuesta más empinada. El carismático a rabiar, capaz de amarte de madrugada y repudiarte a mediodía, alguien con un pasado turbio lleno de inseguridades a quien no le temblaba la voz al apuntar a los demás. Él no le temía a la soledad, sino todo lo contrario: agorafóbico in extremis, se intimidaba desconcertado entre la multitud. Era caligrafía, mala leche y timidez. Guapo, snob, extremadamente neurótico, loco, antisocial, poeta, visionario. Imposible de domesticar. Maleducado a veces, irreverente, y sin embargo, empático hasta el tuétano. Era un gilipollas desalmado, un lector de mentes. Y tenía un imán que atrapaba igual que las luces de neón de los prostíbulos atrapan a los que buscan ahogar sus vacíos con amores de pago. Menos mal que en la última cita me dejó tirada. Menos mal.

Esa parejita que cree que su amor es SÚPER especial. SÚPER de otro mundo. Vomitera. Esa amiga que no ves en dos meses y cuando por fin logras quedar con ella, viene con su novio escondido en el bolso. Vomitera. Ese forzudito que se ha pasado siete kilos de masa muscular y ahora parece el muñeco Michelin. Vomitera. Esa báscula que va mal y te marca dos kilos menos, yéndote tú equivocadamente feliz. Vomitera. Esa sombra azul que cubre todo el párpado hasta las cejas. Vomitera. Esas ganas de alguien y ese alguien sin ganas. Vomitera. El pollo. Vomitera. #elshowdealmi

“Naciste tan pequeña que había que rellenar el hueco de la cuna”. Mi madre siempre me lo explica así. Resulta que cuando vine al mundo era un poco más pequeñita de lo que, según las estadísticas, me tocaba medir. Hoy en día sigo siendo bajita y es algo que me importa un pimiento, pero parece ser que cuando era bebé, esto era un poco drama y en la cuna me sobraba sitio por todas partes. Mi madre, que me tuvo con 21 años y era una hippie muy guapa con pelo largo y faldas vaporosas, decidió que mi compañera de sueños sería una almohadita pequeña y blanda de color blanco. Cuán grande fue el amor que le cogí a dicha almohadita que hoy en día sigue, 31 años después, compartiendo descanso conmigo. Ha viajado en avión, en tren, ha pasado noches en casa de mis amigas, ha estado en Eurodisney, en casa de mi abuelo y ha dormido con mi -extensa y archiconocida- lista de novios (juas). Hay personas bastante aguafiestas que dicen que dar a un bebé una mantita o un peluche o una almohada crea dependencia. Pamplinas. Aunque bien es cierto que un día casi entro en parada cardiorrespiratoria súbita cuando mi almohada se quedó olvidada en un hotel y me tocó llamar al servicio de limpieza. Me la querían tirar. “Es que está tan vieja…”. Oiga señora, usted también está vieja y yo no la quiero tirar a la basura, por el amor de dios. Cada vez que voy por la calle y veo a un bebé acariciando su mantita le sonrío por dentro y le guiño un ojo. “Espero que a los 31 aún conserves tu almohadita, campeón. El mundo ya es bastante asco como para desprendernos de las cosas importantes” #lavidadelascosaspequeñas

Cuenta la leyenda que una pareja de novios fue la tarde de un sábado a un centro comercial y no discutieron. Entraron a Ikea, a Oysho y a Carrefour y todo eran risas y besitos. Na, qué va. Fue un puto desastre y acabaron como el rosario de la Aurora. Él mandó un SOS a sus colegas y estos le enviaron avituallamiento para aguantar dos horas más. Ella lanzó un mensaje en una botella a su madre y 300 fotos de los modelitos por el grupo de amigas de whatsapp. Le inyectaron Redbull por una vía y logró acabar la cola de Zara sin desmayarse. Nunca más se les ha vuelto a ver juntos. Pero ella consiguió el poncho de moda. Y lo demás no importa. #elshowdealmi

Es como si de repente se te cayera un plato de cristal al suelo y se rompiera en mil pedacitos. ¿Me entiendes? Pero un plato de Duralex, de esos marrones feos que se hacen añicos y pasan las semanas y todavía aparecen trozos de vidrio por cualquier rincón de la cocina y no puedes ir descalza porque te cortas. O sea un follón. Imagínate tú, que estabas tan tranquila, con tus planes de servirte unos macarrones con tomate en un plato hondo, absorta en tus pensamientos, en tu rutina, en tus cosicas. Y algo tan fuerte como el reventón de un plato te saca de tus quehaceres y te vuelve un poco loca. Así. Así es el amor, ¿sabes? Que tú andas por la vida tan pancha y te dedicas a ti, a tu familia, a tus amigos… Y en esas algo irrumpe con fuerza y agresividad en tu tripa y en tu cabeza y en tu corazón y te nubla y hace añicos tu estabilidad. Igual que el plato roto. A la mierda los planes y el equilibrio. ¿Equiliqué? Los flechazos existen. Y eso lo saben hasta los chinos. #lavidadelascosaspequeñas

Maruja y Asunción son dos profesionales del veraneo. Todas las mañanas quedan para hacerse un desayuno popular por un euro con sesenta y luego bajan a la playa “un ratito sólo, cuando el sol no quema”. Plantan sus sillitas en primera línea de mar y Maruja siempre se baña, pero “la cabeza no, porque llevo el pelo limpio y el tinte se me hace verde”. Asunción, en cambio, es más de secano y pasa el rato haciendo una sopa de letras que compra en el chiringuito de Antonio. Ella es muy coqueta y usa gafas de sol “para que no me salga la pata de gallo”. Las dos tienen unos pechotes que les tocan el ombligo y llevan colgando del cuello unas cadenas de oro que deben de pesar tanto como sus delanteras. Antonio observa a la pareja de vedettes desde su chiringuito, sudando como un pollo y oliendo a sobaco desde bien temprano. El hombre de la sonrisa perenne trabaja de sol a sol y sabe cómo quiere el café Asunción (de sobre, con sacarina y del tiempo) y qué helado es el que pide Maruja cuando viene su nieto (“¡ese que tiene forma de cohete abuela!”). Antonio sirve esgarraet, all i pebre y olivas en cazuela de barro a todas horas. Tiene un amigo en la playa del Pirata, en Cádiz, que hace lo mismo que él pero sirviendo adobo y ortiguillas. Los dos van vestidos con camisa blanca y pantalón negro, “como está mandao”, y se ríen cuando ven en la tele esos clubs chill out donde hay hamacas y todos están muy buenos y beben combinados de 20€. “Aquí se sirve tinto de verano de toda la vida. Y no vienen las gachís esas que veo yo por la tele cuando sacan Ibiza, ya ves tú. Aquí mis clientas son Maruja y Asunción, que a mí me dan mucha alegría de vivir. Además seguro que las guiris esas no entenderían mis chistes verdes. ¡Paco, otra jarra y una de sepia para la mesa cinco!”. “¡Oiiiiiiiído!” #lavidadelascosaspequeñas

Estas nuevas generaciones de muchachas jóvenes y lozanas son ahora muy altas, ¿no? Anoche salimos “a echar unos bailes” y, por un momento, me vi rodeada de mozuelas espigadas y esbeltas con unos vestidos minúsculos y unas cinturitas del tamaño de un colibrí. Llevaban unos zapatos que yo pensaba para mis adentros que qué bonitos, caray, pero si una se caía de ahí en pleno furor bailongo en medio de la pista (¿se dice ‘pista’ aún?) lo mismo se me hacía un esguince y teníamos que irnos de urgencias. Algunas parecían un chupachup, porque sólo tenían cabecita y el resto del cuerpo era finito y discreto. Sin embargo, otras pisaban firmes con unas delanteras que bien podían explotar de un momento a otro. Jesús, qué melones. Me las imaginé a media tarde comiendo bocatas de sobrasada para alimentar ese cuerpo serrano y a sus madres cebándolas con plátanos y vasos de Nesquik. Fijo que esas niñas no pasaban de los 20, y ahí estaban, curvirrectas, menudinas, con sus zancos y sus melenas por la cintura, bailando al son de Pitbull y contoneándose para deleite de un buen puñado de los allí presentes. Me fascinaron ellos, también. El sector masculino fue digno de observación. Pero la fauna varonil se merece un capítulo aparte. Y esa historia la contaremos otro día. #elshowdealmi

Aquella noche el sector masculino brillaba con luz propia en los locales del puerto de Valencia. Camisas apretadicas, nucas rapadas y tupés perfectamente estudiados al milímetro. Fue como volver a casa. De fondo sonaba la última de David Guetta y los maromos se atusaban las barbas y se miraban los unos a los otros cual gallos del corral. Se ve que los pantalones pesqueros son el último grito en ‘casual wear’ y a esos hombres les importa más en esta vida lucir paquetillo que respirar y tener libertad de movimientos. Algunos gallos bailaban en manada no sin perder de vista el horizonte femenino por si alguna presa caía en sus redes. Otros actuaban en solitario, o por parejas, mucho más sobrios y elegantes, “hombres de barra y gin tonic”, sonriendo de lado sutilmente a las mozas espigadas que danzaban alegres y despreocupadas por entre las gentes moviendo la cintura y arriba y arriba. Gomina, camisa medioabierta, tríceps sobresaliente y alguna reminiscencia de un antiguo piercing que estuvo cuando molaba pero no sobrevivió al paso del tiempo. El look ‘Mujeres y Hombres’, ellos tatuados y ellas enseñando pezón nunca me había parecido tan atractivo. Sonreí para mis adentros. No era como volver a casa. Era estar en casa. #elshowdealmi

Lleva viviendo en el mismo chalet unos 60 años. Una casa que huele a cerrao, con un nisperero en la entrada y unos sofases de escay de dudoso gusto. Yo siempre la veo cuando paseo con mi perro y ella aún me reconoce y me detiene en el camino para hacerme siete millones de preguntas impertinentes sobre mi familia. Yo no se lo tengo en cuenta porque sé cómo es, pero he desarrollado magistralmente una técnica en la que disparo una veloz batería de preguntas sin piedad para que, mientras yo la ametrallo, ella no tenga momento de insertar palabra. Vicentita, que así se llama mi vecina, era amiga de mi abuela Melu “de las de toda la vida”. Yo la recuerdo en sus tiempos mozos muy tiesa y pizpireta, con camisas de puño vuelto y botones de perla y collares largos de esos que pesan más que valen. Vicentita se fumaba los cigarros de tres en tres, Fortuna mentolado, para ser exactos, y dejaba las boquillas manchadas de carmín rojo de una manera delatora e indiscreta. Mi padre me contó una vez que “cuentan las malas lenguas que un día tu abuelo y ella fueron novios”. Mi abuelo siempre lo niega y cambia de tema con una sonrisilla de truhán que nos deja a todos con la duda. Vicentita tendrá ahora unos 200 años y ya tiene la boca un poco para dentro y la espalda un poco para abajo. Todavía lleva rulos en la cabeza, tan blancos que parecen rubios, tan plata que parece lila. Vicentita vivió su juventud para ella y para su Tonín, aquel varón de camisola entreabierta, holgada y remendada. Tonín llevaba una traqueotomía al desnudo y a mí de pequeña me daba un miedo horrible. Creía que se le escapaba la vida por ese agujero. La vida o los macarrones, una de dos. Esta mañana Vicentita se paseaba el domingo apoyada en el brazo de su hija Amparo, que tiene una pequeña discapacidad cognitiva pero una enorme capacidad afectiva. Amparo y Vicentita no se han separado jamás y a día de hoy acumulan mucha vida y más sabiduría de esa que tanto me gusta observar a mí. Por una vez al cruzarme con ellas no las he invadido con mis preguntas. Las he dejado disfrutar a ellas, que también tienen derecho. “¡Hola Vicen, cuánto tiempo! ¿Que cómo estoy? Siéntate, siéntate que te cuento”. #elshowdealmi

Mi abuelo es un Señor y siempre ha disfrutado más viendo comer a los demás, que comiendo él. Yo siempre le he conocido delgado pero mi padre dice que hubo un tiempo en el que estaba “de buen año” y tenía la cara como un pan. Ahora es un hombre tan flaco que si le tocas en el hombro notas unos clavos enormes que le puso el cirujano para que el hombro no se le descuelgue. Recuerdo que antiguamente nos llevaba los domingos a toda la familia a comer por ahí y siempre elegía restaurantes “de alto copete”. Él no comía nada, solo fumaba, pero al resto nos faltaba rebañar los platos de los atracones que nos metíamos. Andaba por aquel entonces un señor de ojos azules de profesión limpiabotas. Antonio, “el limpia”, que así le conocían, siempre rondaba los mismos restaurantes y ejercía su profesión con la misma dignidad y ahínco que si estuviera en una mesa con diez mandamases ejecutivos cotejando índices del IBEX 35. A mí me resultaba un poco humillante que Antonio se arrodillara ante los pies de alguien, porque no entendía aquella estampa de aparente sumisión entre iguales. Con el tiempo vi que el problema lo tenía yo porque Antonio era feliz con aquel trabajo y en ningún momento se sentía menos que nadie. Mi abuelo siempre pedía un menú para Antonio y éste se quedaba comiendo en la barra del restaurante más chulo que un ocho con la tranquilidad de haber cumplido un día más con su trabajo bien hecho. Hace unos días vi a Antonio por el centro de Valencia. Él no me vio, pero creo que tampoco me habría reconocido. Tenía los ojos vidriosos y más azules y brillantes que nunca. Algo me dijo que, por su forma -perdida- de mirar, hacía mucho que vivía en otra realidad. La del alzheimer quizá. La del olvido, la de la vejez, quién sabe. Inconscientemente de reojo eché un vistazo a mis zapatos y vi que estaba todo en orden. “No te arrodilles más Antonio, que ya has hecho bastante”. #lavidadelascosaspequeñas

Desayunar en un bar cualquiera de un Polígono cualquiera de Valencia. “Esto es un bar de obreros”, dice mi abuelo. Me rodean cerca de 70 hombres y sólo tres mujeres. “Casa Pepe II” es gigante y tiene una vitrina donde guardan a buen recaudo unas quince tapas distintas. Revuelto de ajitos tiernos, tortilla de cebolla, calamares, bacon y papas… Y detrás del mostrador: Amparo. Una señora maquillada como si se fuera a una competición de baile de salón. Lleva el pelo de lado, un tupé fascinante y unos rizos peinados a conciencia. El tinte rubio-blanco ya lo lleva para repasar, porque la raíz negra como el carbón asoma incipiente por el centro de la cabeza. Amparo tiene una destreza para hacer bocadillos que ya la quisiera yo en mi vida para cualquier otra cosa. Corta las barras de pan sin mirar, a todos les llama “cariño” y saca las lonchitas de fiambre más gordas que la suela de un zapato. Yo creo que Amparo desconoce que la máquina cortafiambres se puede nivelar. Amparo trabaja con su hija, una chica con los pechos del tamaño de mi cabeza que lleva un vestido playero azul turquesa y hace las delicias de todos los presentes. Oigo a más de uno llamarla “¡Rubia!” y ella se gira solícita acostumbrada a tanta confianza. En “Casa Pepe II” te dejan la botella de vino encima de la mesa y no les importa que haya migas por el suelo, porque aquí se viene a sobrevivir, a tirar hacia delante. Mi padre me dice que “aprenda de estas personas” y que me deje ya de “postureos y tontadas”. Una máquina tragaperras cantando premio nos interrumpe. Yo diría que estos obreros son señores obreros. Y podrían dar lecciones sobre la vida a muchos que solamente son señores. Pido otro sobre de azúcar para mi abuelo y miro la leyenda: “La felicidad no tiene que ver con tener. Tiene que ver con ser”. Zas, en toda la boca. #lavidadelascosaspequeñas

En la calle Mozart no cabe ni un alfiler. La gente camina despreocupada e incauta y no parecen temer a los ladronzuelos de pacotilla que andan por la zona robando carteras y teléfonos móviles. De un lado, a la puerta de su negocio (“Electricidad Joan Gisbert”) un señor (Joan Gisbert, supongo). Ha sacado una mesa de mármol y dos sillas y se halla engullendo un paquete de Lays al punto de sal regada con un litro de cerveza marca blanca. Al señor Joan le chupa un pie que esa mesa no sea mobiliario de terraza y sale a ver pasar a vecinos y turistas con la camisa medio abierta. En el portal de enfrente dos adolescentes posan solícitas y sugerentes con la mejor de sus sonrisas ante el selfie de rigor. Sin ser muy sagaz puedo intuir dónde va a terminar esa foto en cuanto le apliquen dos o tres filtros. La gente avanza, todos en la misma dirección, al paso de procesión de nazarenos, lentos, absortos, mirando sin ver. Tanto es así que un papá joven juega a levantar a su niña en volandas y en una de esas casi se pegan un buen piño contra el asfalto. Yo mientras, trato de sortear a los transeúntes, bastante ajena a que el Barrio de Gracia está viviendo sus días de fiesta, y todo lo que le pido al cielo es llegar a mi casa y descargar la garrafa de Bezoya de cinco litros que me está guillotinando los dedos de la mano derecha. Al girar la calle veo que en uno de los “escenarios” entonan sus voces cuatro varones de unos cincuenta años. Los primeros acordes de “El Manisero” de Antonio Machín me dan un vuelco al corazón. A mi alrededor hay una platea improvisada con sillas de madera que hace de patio de butacas y la media de edad de los asistentes debe de ser de unos 70 años. Joder qué gustazo. Ellas, coquetas y con los labios naranja fosfi se contonean ligeramente y con un punto de timidez. Ellos, barrigota mediante, se sonríen y acompañan a los cantantes con la letra. Algo me dice que la foto de las adolescentes ha acabado en Instagram. Igual que algo me dice que esta noche todos estos jovenzuelos septuagenarios van a bailar por Antonio Machín hasta las tantas. Hoy es su noche. #lavidadelascosaspequeñas

Las mañanas de domingo tienen un no se qué que a mi madre la llevan a la reflexión más profunda. Cualquier nimiedad, cualquier pequeño gesto la puede llevar a elaborar una ponencia interminable que ríete tú de la capacidad de oratoria de algunos jefes de estado. Yo pienso que los domingos son para tocarse las narices y que no es el mejor momento para que ella se dedique a divagar sobre lo humano y lo divino. Pero yo no mando nada y mi madre, que es dueña y señora de esta casa, puede hacer lo que le venga en gana en cada momento. Una de las cosas que más le gusta es sermonear acerca del exacerbado e innoble uso que hacemos (hago) del móvil. Hoy se ha levantado diciendo que nos empeñamos más en parecer felices que en serlo. Yo la escuchaba a lo lejos mientras mojaba mi tostada en el café, como un murmullo inapreciable e ininteligible. Pero ella, que es muy gata, se ha dado cuenta de que desde la cocina yo no podía apreciar y paladear sus sabias palabras y ha decidido dedicarme su homilía mañanera desde el palco VIP. Vamos que se ha sentado a mi lado bien cerquita para seguir diciendo que “cuánto afán le ponéis a esto de las Redes Sociales hija. Si pelearais igual en la vida real más por ser que por parecer, viviriais en un paraíso”. Mi madre dice que esto de las nuevas tecnologías nos está dejando “medio lelos” y que el otro día un chico se comió una farola porque iba caminando por la calle mirando el móvil y que si quiero otra tostada. El caso es que, entre unos discursos y otros, me he acordado de que hace justo un año me convertí en ‘la reina de las tarimas’ presentando el monólogo ‘Instagram se nos ha ido de las manos’. Vaya si se nos ha ido. Un año después seguimos igual. Yo haciéndole fotos al café y mi madre buscándole un sentido inexplicable a todo esto. Mamá, no intentes entenderlo. Ya te he dicho que los domingos por la mañana son para no pensar y este patio de vecinas online es como una segunda casa. Aquí también huele a tostadas, a ropa tendida y a prensa del día. Y la gente habla bajito para no molestar al de al lado. Anda, ven, que hoy te preparo yo el café. (Clic en la foto para ver el monólogo)

Reciclar un corazón, ¿lo has pensado? Contenedor amarillo para el vidrio, azul para el cartón. Rojo para los corazones. No lo hay, ¿a que no? Porque no es posible reciclar el amor. La conexión de mirarse el alma a través de los ojos, se siente o no. Que no te cuenten milongas, nadie muere por algo así. Uno ama o no ama, el amor no se puede razonar. No se puede ‘intentar’ amar a alguien. Dicen que es de valientes decir: ‘te quiero’. Mentira. Lo valiente es responder: ‘yo no’. #lavidadelascosaspequeñas

Querida Isabel: estaba yo pensando mientras limpiaba el congelador que estoy muy contenta por ti. Creo que Mario te va a venir bien. El amor es bienvenido a cualquier edad y tú has descubierto que tienes derecho a volverte a enamorar. Fijo que Boyer te da su visto bueno allá donde esté. Ahora, hazme caso, vuelve a emocionarte, vuelve a sentir mariposas en el estómago, sonríe por nada y disfruta con todo. A lo mejor pierdes el hambre, te aviso ya. Y el sueño, eso también. Porque cuando uno se enamora, ni siente ni padece, todo se la trae al pairo. Puede que pierdas el autobús o te equivoques de marca de tomate frito. Pero yo diría que tú no eres de las que coge mucho el bús, ni siquiera de las que baja al badulake a por tomate frito. Te lo van a notar, te aviso. Lo de la sonrisilla floja no lo evites mujer. Ah y no intentes mentir a la prensa porque aquí nos conocemos todos y estas cosas se saben. Igual Vargas Llosa parece un poco sosaina de primeras, pero dale tiempo. Hazte un selfie con Mario y Tamara y que tu hija lo cuelgue en sus Redes. Eso humaniza y da naturalidad a la cosa. Y sobre todo Isabel, permíteme un consejo -aunque yo no sea nadie y tú seas ‘la Reina de corazones’- sigue haciendo lo que te dé la puta gana en cada momento. Los principios son maravillosos y si quieres mandarle un wasap moñas, se lo mandas. Y si él quiere que duermas con una camiseta suya, dale el gusto. Que luego la magia se va a tomar viento y aquí no hemos venido a padecer de ninguna de las maneras. Un beso, siempre tuya, Almi. #elshowdealmi

Tengo a cuatro inglesas a mi izquierda más ciegas que una patata. Las Grecas a su lado estarían mojando sobaos pasiegos en un rooibos. Yo, sin embargo, fresca como una rosa, madrugando como la señora de mi casa que soy, ya he puesto una lavadora y he hojeado El País. Luego quería ir a la playa, pero claro, la niebla y el tiempo de mierda que hace hoy me enfurruñan un poco. Fijo que las guiris también querían ir a la playa. Lo mismo me engancho un pedo y me voy con ellas. Melenas al viento y a vivir el momento. #elshowdealmi

Es una suerte ser bajita. Mi cabeza siempre está a la altura del corazón de quien tengo enfrente. Me he dejado caer sobre el pecho de tantas personas que yo creo que por eso las descubro tan pronto. Porque me asomo dentro a ver qué hay. Escucho lo que me chiva su corazón y miro como si fuera una ventana. Si me rodean con los brazos cuando me recuesto, casi nunca me quiero ir de ahí. Ojalá unos brazos perennes apretándome. Ojalá distinguir un corazón bueno de uno malo igual que mi frutera diferencia los melones maduros de los melones verdes. #lavidadelascosaspequeñas

La fiesta de la Democracia con mi abuelo es más fiesta que otra cosa. Hemos desayunado tostadas de aceite en el bar más feo del mundo, que tiene toros y escudos del Valencia en las estanterías y un calendario de la Virgen colgado en la pared. El bar olía a puro y un señor leía ‘El País’ mientras bebía una copa de anís a las 10 de la mañana. Mi abuelo está jodido porque ha ido a votar a las nueve menos dos minutos y se le han colado y ha votado el segundo y él quería ser el primero. Yo estoy tranquila porque me ha dicho que ahora merienda todas las tardes una horchata con dos magdalenas y que ha engordado cuatro kilos. Es que me tiene en el bote. #elshowdealmi

Hoy ha venido el arreglador de calderas a hacer(me) una revisión. Un jovenzuelo de ojos verdes, redondos, con un pelo extrañísimo y un aro de coco en la oreja derecha. Se le veían los calzoncillos cuando se agachaba, llevaba un llavero de Pachá y se ha asomado con descaro al salón para ver qué tenía la ensalada que me estaba comiendo. Me ha hecho más preguntas sobre mi vida que en un polígrafo del Deluxe. Y cuando ha sabido todo de mí, me ha dicho: “yo tengo 24 añitos, soy un yogur, pero te voy a dar un consejo: tómate la vida de otra manera. Respira y mira las estrellas por la noche”. Luego ha cogido su destornillador, me ha guiñado el ojo y se ha ido a dar lecciones a otra casa, imagino. Qué gran filósofo. #lavidadelascosaspequeñas

De repente he decidido que quiero ser pirata. Una pirata buenorra, claro. Con tatuajes, una camiseta de rayas y un pañuelo rojo en la cabeza. Parche en el ojo no quiero que no me gusta. Cuando sea una pirata (buenorra) iré de lado a lado siempre viendo las olas, oliendo a mar y levando anclas cuando el patio se me ponga feo. Me importará todo un pimiento y desapareceré si el puerto en el que atraco no me gusta. Si hay marea, Biodramina. Si tengo hambre, un atún. Si me pierdo, busco el faro. Si me canso, paro en una isla. Si me enamoro de un marinero, ni de coña. En las historias de piratas no hay amores que valgan. Aunque una cosa te digo, lo mismo si me canta una sirena voy y me cambio de acera. Oye, y aquí paz y después gloria. #elshowdealmi

Hoy he desayunado con los tres hombres de mi familia. Mi Abuelo ha aparecido con la sonrisilla floja porque de repente va y lleva bolso. Él le llama ‘bolsa’, y dice que ‘bolso’ es de las señoras. A mi Abuelo todo se la sopla y va más chulo que un ocho. Dice que no sabía que los hombres también pueden cargar sus cosas en una bandolera y salir a la calle ‘de esa guisa’. Cuando le ha parecido oportuno ha volcado el bolso (bolsa) encima de la mesa de la cafetería. Junto a los cafés y la ensaimada han caído unos cien pictolines, dos pegamentos Corega para la dentadura y un paquete de Lucky Strike. Dice que como el bolso es tan grande, que ahora se puede llevar lo que le dé la gana por ahí, y que lo mismo roba la velita del bar. Después se ha liado la manta a la cabeza y ha dicho que hoy se va a ir con su bolso (bolsa) a ver la cabalgata del Orgullo Gay. Mi Abuelo es un moderno. #elshowdealmi

Esta mañana llevaba el vestido azul klein más bonito del mundo. Caminando por Paseo de Gracia me he dado cuenta de que algunas personas se giraban tras de mí para ver mi -maravilloso- atuendo. He pensado que qué genial, oye, soy la reina del mambo y a mi paso los ciclistas y otros maromos van cayendo rendidos a mis pies. Al rato ya me he mosqueado porque iba mona pero tampoco es que yo sea Norma Duval. Cuál ha sido mi sorpresa al descubrir que, debido al tejido del vestido, que rozaba constantemente con mis bragas, he ido enseñando el culo a media Barcelona. Creo que si no me ha salido novio hoy, igual pido hora en un convento y hago voto de castidad ya para lo que me quede en este mundo. #elshowdealmi

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