Vuelve

“Vuelve”, decía. Nada más. “Vuelve”, tan solo. Tan poco y tanto como eso: una palabra y el silencio. Un deseo escueto, minúsculo, claro, conciso, directo. Una petición generosa, un trueque de quien demanda con descaro porque tiene mucho que ofrecer. Un imperativo que revela ganas. Ganas de ti. De tus locuras, tus filias, tus fobias, tus mierdas, tus miedos, tu todo.
Ese mensaje envuelto en seis letras era mucho más bravo de lo que aparentaba. Era un salvaje y osado: “ven, que me apeteces. Y te voy a hacer jodidamente feliz”. Era una palabra huérfana que, para empezar, removía algo. Y para seguir, buscaba algo. Buscaba tanto como daba: honestidad, empatía, crudeza. Un intercambio de verdades, una fiesta de emociones ebrias.
Pero ese “vuelve” no era un “vuelve” más. Era de un de más que en cuatro segundos convertiste en tu más. Un de más que un día se adueñó de todo, irrumpió en tu casa, se puso cómodo y dijo “hale pues aquí estoy yo”. Un de más de los que echo de menos, no como a todos los demás.
Una palabra y el abismo. “Vuelve” o la nada.
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