Polvorones

No lo puedo evitar. Lo juro señoría, no puedo. Me acuerdo de él cada vez que compro polvorones. Hace un año estaba comiendo dulces a dos carrillos (él, no yo. Bueno yo le acompañaba, pero por no hacerle un feo, ¿sabe usté?). Hace 365 días que le ajustaba el gorrito de lana para que no se le helaran las orejas, que otra cosa no, pero menudos pabellones se gastaba, y le daba besos en las mejillas que no eran mofletes sino huesos en un rostro hendido para dentro como avisando de que ya casi no le quedaba ni cara ni espalda. “¿Nos comemos otro, Almita?” me decía con la boca llena. Y yo miraba a mi padre que nos ponía los ojos en blanco sabiendo que si comíamos un polvorón de almendra más, acabábamos los dos en urgencias con un empacho de campeonato. “Vale, el mío de limón”. All in, que salga el sol por donde quiera. Y ahí mi abuelo y yo nos jugábamos el todo por el todo. Un polvorón más y reventamos. Y no estamos ni en diciembre. Menudos éramos nosotros.
Hoy soy una señora bastante triste que se acuerda de todo esto mientras compra un puñadito de polvorones a granel. Joder, esto así no tiene gracia. Todavía no ha llegado la navidad y ya le he cogido manía. No puedo evitar acordarme de él, señoría. Ni puedo, ni quiero. Así parece que siga aquí conmigo, haciendo competición y comiendo polvorones como si los fueran a prohibir.

 

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