Nadie

Tengo sus ojos clavados en los míos. Su mirada pequeña, discreta, silenciosa. Tengo su olor a tabaco negro grabado en mi cabeza. Y su voz ajada metida en la sesera. Tengo su rostro prudente y moderado bailando todo el día en mis pensamientos, que tan dispersos suelen ser, pero esta vez no hay quien los ahuyente. Cada día ahí está, mirando la vida pasar, centinela de la puerta de Mercadona, aguardando a que algún vecino le dirija unas palabras y le eche una moneda en el bote.

No sé su nombre, ni su edad, sólo sé que es madrileño, que está en la calle y que hace tiempo le gustaba mucho montar en bici “y pasear por los campos”. Le encanta Valencia, “por el clima y porque parece un pueblo”. Él no habla dando pena, ni buscando compasión. Habla como hablaría un vecino al que te encuentras cada mañana al girar la esquina en la panadería. Yo ya no sé qué excusa inventar para darle una monedilla. Finjo que he olvidado un día la leche, otro día el champú, otro día necesito super preciso un paquete de tinta de calamar para hacer un arroz negro. Él no sabe que no yo sé cocinar y que la tinta de calamar no la he comprado en mi vida, pero yo me hago la encontradiza, charlamos, me cuenta cómo está, le doy coba un rato y él siempre quiere hablar más, que yo lo noto, porque pasa muchas horas solo y se aburre y lo pasa mal.
A veces le veo en un parque oyendo música en un walkman que se encontró por ahí. Tan repeinao, con su gomina, su chaleco de Fernando Alonso, sus vaqueros impolutos. Me da mucha pena y me voy jodida a casa, pensando que soy una privilegiada pija que a veces se encapricha de una estrellita de madera para decorar el salón y que no vale para nada en absoluto. Me pregunto qué habrá desayunado. Y dónde hará pis. Y dónde dormirá. Qué llevará en esas bolsas, siempre tan cargado de aquí para allá. Las señoras le dan barras de pan y empanadillas y le dan también los buenos días y un poco de juerga. Tengo tanta suerte en esta vida que soy incapaz de imaginar cómo será que no haya nadie para preocuparse por ti. Nadie. Nadie que te pregunte cómo estás, si te duele la cabeza o si has tenido un mal día. A lo mejor soy una ignorante… pero es posible que a mi amigo el del walkman le falte más un abrazo que una caja de leche. Digo yo.
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2 Comments
  1. Y de repente, lees esto y te sientes a la vez profundamente triste, por la impotencia de vivir en un mundo injusto y a la vez estupida por no ser lo suficientemente agradecida. ¡Qué bien escribes!

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