La Justiciera

El otro día descubrí que tengo una justiciera muy grande en el edificio donde trabajo. Sí hombre, una justiciera-tipo, de esas que dan por saco a tiempo completo y se dedican a meter su hocico donde nadie las ha invitado. Seguro que muchos de ustedes conocen a algún miembro de la tribu de los justicieros y también acaban del hígado, exactamente como acabo yo cada día que me la cruzo por los pasillos.

Mi justiciera-tipo es una mujer de cincuentaytantos que viste ropa de sus hijas y siempre lleva pendientes jipiloncios, de esos que llevan colgando cuentas de madera. A veces lleva bolsos de comercio justo, zapatos de piel falsa y luce una melena teñida de color negro carbón. Parece tan resignada como avergonzada por no querer abandonar aquellos maravillosos años en los que Felipe González, la rosa y el puño eran un símbolo de progresismo e izquierda salubre y fresca.

Resulta que la señora anteriormente conocida como señora y actualmente conocida como justiciera es una perfecta tocapelotas, merecedora del puesto número uno en el ranking de gente molesta en esta vida. La justiciera se dedica, mañana sí mañana también, a enarbolar la bandera de la rectitud, la razón y la honestidad y a dar por saco a todo ser viviente que ose no actuar como actuaría ella en cualquier escenario y/o/u situación. Vamos que sea de su incumbencia o no… ella viene y te da su opinión, te corrige y se permite decirte cuál es la manera correcta de hacer las cosas (la suya). Es capaz de echarte un puro de tres pares si se da cuenta de que no has reciclado un papel, de que alguien ha llamado al timbre y no lleva llaves o de que -según ella- no hace tanto calor como para encender el aire acondicionado. Da igual si ella está en esa habitación durante ocho horas o no, si su santa opinión dice que no hace ‘suficiente’ calor, tú apagas el aire porque a ella le viene en gana.

Hay que andar con cien ojos porque los justicieros acechan agazapados entre matorrales, cual ave rapaz avistando a su presa, porque a la mínima que te descuides estos personajes sacan su daga castigadora y te ponen de vuelta y media.

A mí me dan envidia, sinceramente. Porque muy pocos problemas en la vida debe de tener mi justiciera-tipo para que su mayor causa durante la mañana sea venir a preocuparse si alguien ha aparcado exactamente en su plaza de parking o se ha salido cinco centímetros. Oiga señora, haga el favor. Dedíquese a sus asuntos y deje en paz al de enfrente, coño ya.

SnapchatTwitterFacebookInstagramYouTube @soylaForte

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