Bingo

Hoy he ido al Bingo. Guat de fac. Pocas cosas me faltan ya para tener 68 años y llevar perlas de esas que pesan y rajan los lóbulos de las orejas.
Qué ambiente, jesús. Silencio estrepitoso, moqueta desgastada y una voz (sorprendentemente) sugerente (?) que cantaba todos los números del bombo uno a uno. Por partida doble si empezaba por seis o por siete.
Una maravilla de la naturaleza, por otro lado, una maravilla de escenario donde los seres almibarados deambulan de una mesa a otra chupirreteando la capucha del boli, para matar los nervios, quizá, los nervios de hacerse rico de un momento a otro.
Las señoras, mis prefes, son profesionales de las bolitas, embajadoras de marca de los cartones, publicistas del Bingo “Peña el 7”. Hay que ver su afán, su hilar fino, tan duchas en el arte de hacer línea y en la magia de beber Bitter Kas a dos euros.
Pasan la tarde, gastan los cuartos, se perfuman y le dan bien al labial rosado. Lucen rulos y uñas nacaradas al tiempo que miran de reojo al monedero y al reloj, lamentando, quién sabe, no poder llenar el primero y no poder parar el segundo.

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